Lentejas: comida de viejas. Que si quieres
las tomas, que si no, las dejas. Pues eso, que como podemos elegir, pues casi
mejor las dejamos. Y como son de viejas, desfasadas y poco glamurosas, póngame
una hamburguesa, por favor. Con doble de queso, ¿eh? Y que no falten las
patatas fritas.
Voy a escribir sobre nutrición, aunque no soy
nutricionista. Soy profesora, madre, y además vegana. Sí, habéis leído bien:
vegana, que es un complemento estupendo para que la maternidad se complique aún
un poco más. Pero de momento, lo llevamos bien.
Observando la desoladora situación
nutricional de nuestro país, atendiendo a datos como el de que nuestro índice
de obesidad infantil es prácticamente el más alto del planeta, siento
impotencia y a menudo rabia. Impotencia porque cada niño que padece obesidad en
España es producto de unos padres irresponsables. Y rabia porque la
indiferencia de la población es exasperante: mientras en otros países mueren de
inanición, por aquí se muere de obesidad y de anorexia(que suele ser
consecuencia de lo primero). Mientras en lugares como Uganda o Etiopía el nivel
de desnutrición en niños es máximo porque no tienen nada para comer, en España,
teniendo a nuestro alcance y por cuatro duros productos sanos, hemos encontrado
la forma más fácil y que menos culpabilidad nos acarrea de que nuestros hijos
se autodestruyan, y consiste únicamente en proporcionarles toda la comida que
deseen comer.
Y es que parece mentira que en España, país
de turismo gastronómico por excelencia, con zonas climáticas diversas que nos
proporcionan una agricultura variada y excelente, con platos típicos que
durante cientos de años han alimentado a nuestras generaciones precedentes y
con el lujo de disponer de todo lo necesario para seguir la famosa dieta
mediterránea, nuestra cocina sin embargo haya sucumbido al acoso y derribo de
la Fast Food.
Hagamos por un momento una recapitulación: si
tenemos la tierra, la huerta, el sol, los productos y las recetas… ¿qué es lo
que está fallando aquí? Pues os lo voy a contar: los motivos de que últimamente
comamos tan mal son sociales y, lo peor de todo, comienzan a ser culturales.
Digo que esto último es aún más desalentador porque cuando un hábito social se
convierte en cultural, significa que está echando raíces entre las costumbres y
prácticas de un lugar, y así, inevitablemente, se vuelve más difícil de
corregir.
Quisiera que mi post sea un breve homenaje a
los platos de cuchara. Sí, esos grandes olvidados que durante siglos fueron el
sustento de toda la población de clase plebeya, es decir, de la mayoría. Y es
que, si nos damos cuenta, casi todas las regiones de la Península Ibérica
tienen su propio plato de cuchara: a saber, les fabes en el Norte, los cocidos
en el interior, o las escudelles barrejades y olletas en el Levante. Tenemos
infinitos ejemplos en las manifestaciones culturales de nuestro país: en las novelas
costumbristas, en las naturalezas muertas y otras obras pictóricas, incluso se
sabe que a Benito Pérez Galdós, emblemático escritor de la lengua castellana,
sus coetáneos lo apodaron el garbancero porque sus personajes casi siempre
comían cocido. Él mismo escribió la mayoría de sus obras sentado en la cocina
de su casa mientras una gran olla, de barro seguramente, bullía lentamente en
el fuego.
Cuando yo era pequeña, en los años 80, aún
quedaban abuelas y madres(los abuelos y padres de entonces no solían pisar la
cocina)que preparaban lentejas, habichuelas y garbanzos para comer. En aquellos
años casi todos los niños comíamos en casa con nuestra familia. Como buena alicantina
que soy, los arroces y olletas se encontraban implantados con normalidad en mi
dieta semanal. De hecho, cada vez que vuelvo por vacaciones a la terreta, le pido a mi tía Maru que me
haga olleta un día, y nos juntamos unos ocho a comer. ¡Qué olleta le sale! Y
además, nos la hace vegana, por si había dudas.
La olleta no es más que otro de esos platos
caldosos que combina verduras y hortalizas(apio, navo, chirivía, calabaza), con
un cereal(arroz) y una legumbre(casi siempre alubias). Además, recuerdo que mi
abuela le echaba limón a su plato, y en consecuencia, todos actuábamos por
imitación, obteniendo así con este
mosaico de ingredientes una proteína vegetal completa(corríjanme los
nutricionistas si me equivoco, que ya advertí que escribo en calidad de madre).
Los cambios sociales han sido drásticos y,
queramos admitirlo o no, el detrimento
de nuestra alimentación es en gran parte consecuencia de estos tiempos
modernos. Factores como la no flexibilidad de los horarios de trabajo de padres
y madres, la imposibilidad de conciliar vida laboral y doméstica y, en fin,
nuestras frenéticas rutinas propias de una sociedad industrializada, son los
mayores culpables de que nadie encuentre un hueco en su preciado tiempo para
preparar comida decente. Si a ello sumamos el surrealista abaratamiento de la
comida precocinada y la accesibilidad de la misma, es de pura lógica que si
dispones de 15 precarios minutos para comer prefieras preparar una sopa de
sobre y acompañarla con un arroz chino tres delicias congelado que ponerte a
calentarte la cabeza y los fogones. Basta hacer una visita a la sección de
congelados de cualquier supermercado para darse cuenta de que en las cámaras
frigoríficas se encuentran todos los platos que se puedan imaginar metidos en
bolsitas de plástico y listos para cocinar en cinco, tres o dos minutos, en
freidora o en sartén.
Pero existe otro factor que nos ha llevado a
abandonar la comida casera, y es quizá más influyente y peligroso que los
anteriores: como indiqué más arriba, se trata del factor cultural. Cocinar está pasado de
moda, es anacrónico, aburrido, no nos ayuda a ligar ni a ser más populares a
menos que lo que se cocine sea un plato de diseño. Es un tostón, y desde luego
no es nada chic, o ¿acaso alguien se
imagina a Scarlett Johansson o a Orlando Bloom preparando un cocido en casa, con
los garbanzos cociendo a fuego lento para que salgan blanditos y luego
guardando las sobras para hacer croquetas al día siguiente? Ni siquiera creo
que sepan qué es un cocido.
El hecho
de que cocinar sea una tarea desterrada de nuestro código cultural está
lastimando seriamente nuestra salud. Antes, se aprendía a cocinar observando a
madres y abuelas. Durante mi adolescencia y primera juventud ya no había tiempo
para eso, las personas de mi generación teníamos demasiadas obligaciones y se
esperaban otras cosas de nosotros, especialmente de nosotras las mujeres. La
generación de los 80 ha incrementado notablemente el número de licenciados y
diplomados con estudios universitarios.
Sabemos mucha Filología, Historia, Arquitectura y Física, incluso
Ingenierías, pero no sabemos llegar a casa y prepararnos una sopa en
condiciones porque eso no se estudiaba en la carrera, ni en el colegio, ni en
ningún sitio: eso se debería traer hecho de casa. Quizá llegue un momento en
que la expresión “mandar a alguien a freír espárragos” escape de la vida real,
en cuyo caso tendremos que “mandar a alguien a pedir una ración de aros de
cebolla”.
Tristemente descubro que muchas personas de
mi edad, de mi entorno laboral y social, apenas saben cocinar y demuestran muy
poco interés por ello. Si nuestra comida es nuestro combustible, nuestra
medicina y nuestra excusa para reunirnos con otros, ¿qué menos que salga de
nuestras propias manos, con toda nuestra buena onda? ¿O es que me negaréis que
cuando nuestra mamá nos hacía el bocadillo con amor no estaba más bueno?
Es más: en la lucha sexista por la igualdad
de derechos y obligaciones, en lugar de incentivar al hombre a meterse entre
pucheros lo que ha ocurrido es que la mujer reniega de ellos, y siendo así, ya
ni papá ni mamá cocinan. Estoy segura de que esto debe preocupar mucho a las
empresas jugueteras que fabrican cocinitas, ya que los niños no piden un
juguete del que no tienen referente ninguno en su vida cotidiana. Me he encontrado incluso con
personas a las que les avergonzaba cocinar, como los antiguos aristócratas que
tenían prohibido trabajar porque se consideraba una bajeza. Me he encontrado
con personas que se han reído de mí porque me gusta cocinar. Pues bien, aquí se
ha roto el eslabón del aprendizaje culinario. Si nuestros hijos no reciben con
el día a día una educación respecto a la mesa, a la comida bien hecha, sana,
equilibrada, si no les explicamos lo
importante que es alimentarse bien y lo positivo de ser autosuficiente y saber
cocinar por uno mismo, sin precocinados ni ultracongelados, ni latas ni cremas
de brick ni sopas de sobre, ¿qué esperamos del futuro sino una población con
problemas de obesidad, diabetes, hipertensión, cardiopatías, caries y un largo
etcétera de desequilibrios que minarán su salud? ¿Dónde ha quedado Popeye, el
máximo testimonio de que comer espinacas te convierte en un cachas imparable, o
Astérix, que con un sorbito de potaje reducía a toda una legión romana?
Me declaro una defensora a ultranza del plato
de cuchara, que por cierto, es una de las cosas que más me gustan del invierno.
Si hasta este punto de mi artículo estás de acuerdo conmigo, no me sirve ya
ninguna excusa para no empezar a cocinar este tipo de platos. Y te daré varios
argumentos de peso:
-
Es barato: Sí, increíblemente barato. Las hortalizas que se suelen
utilizar para preparar platos de cuchara son baratas y fáciles de encontrar
durante todo el año aunque no sean de temporada, como la patata, calabaza,
zanahoria, apio, cebolla… Y no hablemos de la legumbre, pues lentejas,
garbanzos y alubias se consiguen por menos de un euro el kilo.
-
Es fácil: Sí, has leído bien. Desde todo mi cariño y respeto por la
cocina, es una bobada preparar estos platos. No sé de dónde sale la idea
habitual de que son elaboradísimos. Y más ahora que contamos con la maravilla
de las ollas rápidas: ya hubieran matado nuestras abuelas por cocer en 10
minutos unos garbanzos que antes tardaban tres horas. De hecho, jamás he
colgado hasta ahora ninguna receta de plato de cuchara en mi blog porque me
parecía demasiado obvio saber prepararlos. Sin embargo, ante la demanda de
algunos de mis amigos que quieren aprender a cocinar, haré una recopilación de
los pucheros más básicos. Pues bien, es tan fácil como poner en una olla todos
los ingredientes pelados y troceados y dejar cocer. Con un poco de práctica
aprenderás a controlar los tiempos y cantidades en seguida.
-
Es nutritivo: Un día leí en un artículo de nutrición que el plato de
cuchara era considerado el más completo y sano porque en él se conjugan
ingredientes de diferentes grupos alimenticios que están en la base de la
pirámide nutricional: cereales, verduras y legumbres, en los que encontramos
hidratos de carbono, minerales, fibra, vitaminas y proteínas como poco.
Creo
que con argumentos como éstos he derribado algún que otro mito, aunque claro,
¿qué pasa con el sabor? ¿Saldrá demasiado “light”? El sabor es algo que nos
inquieta, y es lógico que queramos que nuestra comida esté buena, claro que sí.
Teniendo en cuenta que soy vegana y preparo estas recetas sin adulterarlas con
chorizo o tocino(que las harían bastante menos sanas, por cierto), me siento
orgullosa sin embargo de que todo el que come en mi casa suela quedar
encantado. ¡Ay, si el pobre Cristóbal Colón, o Marco Polo, tal vez, levantaran
la cabeza y vieran que nos hemos olvidado de algo que a ellos les costó tanto
encontrar…! ¿Es que nos hemos olvidado de las especias, de los condimentos, de
la sal? ¿Qué hubiera sido de la mediocre gastronomía española del medievo si no
hubiesen llegado a la Península los nuevos alimentos americanos y orientales?
Una buena condimentación, armónica y sin pasarnos ni de cortos ni de largos, es
el secreto de todas las grandes recetas, aunque bien es cierto que requiere
cierto aprendizaje, ya que es muy típico que cuando se empieza en la cocina se
hace realmente tentador echarle a la cazuela puñados de todo lo que vamos
encontrando, y eso a veces puede ser nefasto, advierto.
No
exagero diciendo que en casa comemos legumbres y platos de cuchara entre cuatro
y cinco días a la semana. Es muy cómodo, además, porque casi siempre hago el
doble de cantidad y así tenemos arreglado el menú de otro día. Aunque también
existe la práctica opción de congelar.
Cocinar
es un placer para mí, y desearía que para todo el mundo lo fuese: que fuéramos
más artesanos, más autónomos, que las prisas apremiaran menos y viviésemos con
más calma. Por eso quiero que mi hija lo perciba así y no piense que el tiempo
que se tarda en preparar lo que va a alimentarle es tiempo perdido o
malgastado. ¡Bienaventurados los que aún disfrutan de los platos de cuchara,
porque ellos estarán más sanos!
Cuando
termine de escribir este post me iré a la cocina para dejar unas alubias en
remojo toda la noche, que mañana me hago olleta. Pero antes, quisiera dejaros
una pequeña reflexión. Y es que, si reiteradamente nos han dicho que las lentejas
son comida de viejas, ¿no será por eso precisamente, por tantas veces que las
comieron, que pudieron llegar a viejas?
Esta entrada participa en la 1ª Edición del Carnaval de Nutrición
Esta entrada participa en la 1ª Edición del Carnaval de Nutrición

¡Me ha encantado tu post!Felicitaciones! y me he reído mucho con lo de mandar a alguien a pedir una ración de aros de cebolla. Y eso si ese alguien aún sabe lo que es la cebolla... que muchos ni eso... en fin...
ResponderEliminarUn saludo!
Raquel
Hola Raquel, me alegro de que te haya gustado. En fin, habrá que poner un poco de humor al asunto, porque como bien dices, al final la huerta murciana saldrá en películas de ciencia ficción. Un saludo.
ResponderEliminarYa sabía yo que tenía que animaros a participar! lo has clavado, estoy muy de acuerdo en todo! se nota tanto que crees y haces lo que escribes...me encanta! ojalá el mundo estuviese lleno de madres y personas como tu!
ResponderEliminarMe he bebido tu texto. Me parece lleno de sensatez. Ayer estuve hablando con mi médico de la dieta mediterránea y ella me decía: "Pero si es que en la tan famosa dieta mediterránea, se comía carne una vez al mes o dos, porque no se podía comprar. La gente comía de cuchara. Mucho arroz, mucha legumbre...". Y revisé mis libros "viejos" de cocina española y la inmensa mayoría de los platos (los que no están en el apartado de carnes o pescados) son no ya vegetarianos, sino ¡veganos! Ensaladas con naranjas sanguinas; arroz con lentejas y zanahorias; arroz con alubias negras o pintas; sopas de calabaza... Y me quedé muy sorprendida porque hubiera tantos...
ResponderEliminarMe ha encantado leerte, no soy vegetariano pero admiro el amor por la buena comida y por la importancia de una buena alimentación.
ResponderEliminarSobre lo obvio de los platos de cuchara creo que en algún momento también me pasó, pero me replanteé que si eran buenos para mí serían buenos para los demás, y que era necesario compartirlo a pesar de su obviedad.
Me alegro encontrar tu blog, un saludo.