Soy mujer, vegana, wiccana, madre de una niña a la que estoy criando de la forma más natural posible, pareja de un cantautor también vegano, y madre adoptiva de dos gatas que viven en mi casa y que colechan con todos nosotros. Todavía me queda muchísimo que aprender, sin embargo, lo que ya he aprendido me gustaría compartirlo con todos los que estéis dispuestos a escuchar.







jueves, 10 de mayo de 2012

Lentejas, comida de viejas




 Lentejas: comida de viejas. Que si quieres las tomas, que si no, las dejas. Pues eso, que como podemos elegir, pues casi mejor las dejamos. Y como son de viejas, desfasadas y poco glamurosas, póngame una hamburguesa, por favor. Con doble de queso, ¿eh? Y que no falten las patatas fritas.
Voy a escribir sobre nutrición, aunque no soy nutricionista. Soy profesora, madre, y además vegana. Sí, habéis leído bien: vegana, que es un complemento estupendo para que la maternidad se complique aún un poco más. Pero de momento, lo llevamos bien.
Observando la desoladora situación nutricional de nuestro país, atendiendo a datos como el de que nuestro índice de obesidad infantil es prácticamente el más alto del planeta, siento impotencia y a menudo rabia. Impotencia porque cada niño que padece obesidad en España es producto de unos padres irresponsables. Y rabia porque la indiferencia de la población es exasperante: mientras en otros países mueren de inanición, por aquí se muere de obesidad y de anorexia(que suele ser consecuencia de lo primero). Mientras en lugares como Uganda o Etiopía el nivel de desnutrición en niños es máximo porque no tienen nada para comer, en España, teniendo a nuestro alcance y por cuatro duros productos sanos, hemos encontrado la forma más fácil y que menos culpabilidad nos acarrea de que nuestros hijos se autodestruyan, y consiste únicamente en proporcionarles toda la comida que deseen comer.
Y es que parece mentira que en España, país de turismo gastronómico por excelencia, con zonas climáticas diversas que nos proporcionan una agricultura variada y excelente, con platos típicos que durante cientos de años han alimentado a nuestras generaciones precedentes y con el lujo de disponer de todo lo necesario para seguir la famosa dieta mediterránea, nuestra cocina sin embargo haya sucumbido al acoso y derribo de la Fast Food.
Hagamos por un momento una recapitulación: si tenemos la tierra, la huerta, el sol, los productos y las recetas… ¿qué es lo que está fallando aquí? Pues os lo voy a contar: los motivos de que últimamente comamos tan mal son sociales y, lo peor de todo, comienzan a ser culturales. Digo que esto último es aún más desalentador porque cuando un hábito social se convierte en cultural, significa que está echando raíces entre las costumbres y prácticas de un lugar, y así, inevitablemente, se vuelve más difícil de corregir.
Quisiera que mi post sea un breve homenaje a los platos de cuchara. Sí, esos grandes olvidados que durante siglos fueron el sustento de toda la población de clase plebeya, es decir, de la mayoría. Y es que, si nos damos cuenta, casi todas las regiones de la Península Ibérica tienen su propio plato de cuchara: a saber, les fabes en el Norte, los cocidos en el interior, o las escudelles barrejades y olletas en el Levante. Tenemos infinitos ejemplos en las manifestaciones culturales de nuestro país: en las novelas costumbristas, en las naturalezas muertas y otras obras pictóricas, incluso se sabe que a Benito Pérez Galdós, emblemático escritor de la lengua castellana, sus coetáneos lo apodaron el garbancero porque sus personajes casi siempre comían cocido. Él mismo escribió la mayoría de sus obras sentado en la cocina de su casa mientras una gran olla, de barro seguramente, bullía lentamente en el fuego.
Cuando yo era pequeña, en los años 80, aún quedaban abuelas y madres(los abuelos y padres de entonces no solían pisar la cocina)que preparaban lentejas, habichuelas y garbanzos para comer. En aquellos años casi todos los niños comíamos en casa con nuestra familia. Como buena alicantina que soy, los arroces y olletas se encontraban implantados con normalidad en mi dieta semanal. De hecho, cada vez que vuelvo por vacaciones a la terreta, le pido a mi tía Maru que me haga olleta un día, y nos juntamos unos ocho a comer. ¡Qué olleta le sale! Y además, nos la hace vegana, por si había dudas.
La olleta no es más que otro de esos platos caldosos que combina verduras y hortalizas(apio, navo, chirivía, calabaza), con un cereal(arroz) y una legumbre(casi siempre alubias). Además, recuerdo que mi abuela le echaba limón a su plato, y en consecuencia, todos actuábamos por imitación, obteniendo así  con este mosaico de ingredientes una proteína vegetal completa(corríjanme los nutricionistas si me equivoco, que ya advertí que escribo en calidad de madre).
Los cambios sociales han sido drásticos y, queramos admitirlo o no,  el detrimento de nuestra alimentación es en gran parte consecuencia de estos tiempos modernos. Factores como la no flexibilidad de los horarios de trabajo de padres y madres, la imposibilidad de conciliar vida laboral y doméstica y, en fin, nuestras frenéticas rutinas propias de una sociedad industrializada, son los mayores culpables de que nadie encuentre un hueco en su preciado tiempo para preparar comida decente. Si a ello sumamos el surrealista abaratamiento de la comida precocinada y la accesibilidad de la misma, es de pura lógica que si dispones de 15 precarios minutos para comer prefieras preparar una sopa de sobre y acompañarla con un arroz chino tres delicias congelado que ponerte a calentarte la cabeza y los fogones. Basta hacer una visita a la sección de congelados de cualquier supermercado para darse cuenta de que en las cámaras frigoríficas se encuentran todos los platos que se puedan imaginar metidos en bolsitas de plástico y listos para cocinar en cinco, tres o dos minutos, en freidora o en sartén.
Pero existe otro factor que nos ha llevado a abandonar la comida casera, y es quizá más influyente y peligroso que los anteriores: como indiqué más arriba, se trata  del factor cultural. Cocinar está pasado de moda, es anacrónico, aburrido, no nos ayuda a ligar ni a ser más populares a menos que lo que se cocine sea un plato de diseño. Es un tostón, y desde luego no es nada chic, o ¿acaso alguien se imagina a Scarlett Johansson o a Orlando Bloom preparando un cocido en casa, con los garbanzos cociendo a fuego lento para que salgan blanditos y luego guardando las sobras para hacer croquetas al día siguiente? Ni siquiera creo que sepan qué es un cocido.
El hecho  de que cocinar sea una tarea desterrada de nuestro código cultural está lastimando seriamente nuestra salud. Antes, se aprendía a cocinar observando a madres y abuelas. Durante mi adolescencia y primera juventud ya no había tiempo para eso, las personas de mi generación teníamos demasiadas obligaciones y se esperaban otras cosas de nosotros, especialmente de nosotras las mujeres. La generación de los 80 ha incrementado notablemente el número de licenciados y diplomados con estudios universitarios.  Sabemos mucha Filología, Historia, Arquitectura y Física, incluso Ingenierías, pero no sabemos llegar a casa y prepararnos una sopa en condiciones porque eso no se estudiaba en la carrera, ni en el colegio, ni en ningún sitio: eso se debería traer hecho de casa. Quizá llegue un momento en que la expresión “mandar a alguien a freír espárragos” escape de la vida real, en cuyo caso tendremos que “mandar a alguien a pedir una ración de aros de cebolla”.
Tristemente descubro que muchas personas de mi edad, de mi entorno laboral y social, apenas saben cocinar y demuestran muy poco interés por ello. Si nuestra comida es nuestro combustible, nuestra medicina y nuestra excusa para reunirnos con otros, ¿qué menos que salga de nuestras propias manos, con toda nuestra buena onda? ¿O es que me negaréis que cuando nuestra mamá nos hacía el bocadillo con amor no estaba más bueno?
Es más: en la lucha sexista por la igualdad de derechos y obligaciones, en lugar de incentivar al hombre a meterse entre pucheros lo que ha ocurrido es que la mujer reniega de ellos, y siendo así, ya ni papá ni mamá cocinan. Estoy segura de que esto debe preocupar mucho a las empresas jugueteras que fabrican cocinitas, ya que los niños no piden un juguete del que no tienen referente ninguno en su  vida cotidiana. Me he encontrado incluso con personas a las que les avergonzaba cocinar, como los antiguos aristócratas que tenían prohibido trabajar porque se consideraba una bajeza. Me he encontrado con personas que se han reído de mí porque me gusta cocinar. Pues bien, aquí se ha roto el eslabón del aprendizaje culinario. Si nuestros hijos no reciben con el día a día una educación respecto a la mesa, a la comida bien hecha, sana, equilibrada, si no les explicamos  lo importante que es alimentarse bien y lo positivo de ser autosuficiente y saber cocinar por uno mismo, sin precocinados ni ultracongelados, ni latas ni cremas de brick ni sopas de sobre, ¿qué esperamos del futuro sino una población con problemas de obesidad, diabetes, hipertensión, cardiopatías, caries y un largo etcétera de desequilibrios que minarán su salud? ¿Dónde ha quedado Popeye, el máximo testimonio de que comer espinacas te convierte en un cachas imparable, o Astérix, que con un sorbito de potaje reducía a toda una legión romana?
Me declaro una defensora a ultranza del plato de cuchara, que por cierto, es una de las cosas que más me gustan del invierno. Si hasta este punto de mi artículo estás de acuerdo conmigo, no me sirve ya ninguna excusa para no empezar a cocinar este tipo de platos. Y te daré varios argumentos de peso:
-          Es barato: Sí, increíblemente barato. Las hortalizas que se suelen utilizar para preparar platos de cuchara son baratas y fáciles de encontrar durante todo el año aunque no sean de temporada, como la patata, calabaza, zanahoria, apio, cebolla… Y no hablemos de la legumbre, pues lentejas, garbanzos y alubias se consiguen por menos de un euro el kilo.
-          Es fácil: Sí, has leído bien. Desde todo mi cariño y respeto por la cocina, es una bobada preparar estos platos. No sé de dónde sale la idea habitual de que son elaboradísimos. Y más ahora que contamos con la maravilla de las ollas rápidas: ya hubieran matado nuestras abuelas por cocer en 10 minutos unos garbanzos que antes tardaban tres horas. De hecho, jamás he colgado hasta ahora ninguna receta de plato de cuchara en mi blog porque me parecía demasiado obvio saber prepararlos. Sin embargo, ante la demanda de algunos de mis amigos que quieren aprender a cocinar, haré una recopilación de los pucheros más básicos. Pues bien, es tan fácil como poner en una olla todos los ingredientes pelados y troceados y dejar cocer. Con un poco de práctica aprenderás a controlar los tiempos y cantidades en seguida.
-          Es nutritivo: Un día leí en un artículo de nutrición que el plato de cuchara era considerado el más completo y sano porque en él se conjugan ingredientes de diferentes grupos alimenticios que están en la base de la pirámide nutricional: cereales, verduras y legumbres, en los que encontramos hidratos de carbono, minerales, fibra, vitaminas y proteínas como poco.

Creo que con argumentos como éstos he derribado algún que otro mito, aunque claro, ¿qué pasa con el sabor? ¿Saldrá demasiado “light”? El sabor es algo que nos inquieta, y es lógico que queramos que nuestra comida esté buena, claro que sí. Teniendo en cuenta que soy vegana y preparo estas recetas sin adulterarlas con chorizo o tocino(que las harían bastante menos sanas, por cierto), me siento orgullosa sin embargo de que todo el que come en mi casa suela quedar encantado. ¡Ay, si el pobre Cristóbal Colón, o Marco Polo, tal vez, levantaran la cabeza y vieran que nos hemos olvidado de algo que a ellos les costó tanto encontrar…! ¿Es que nos hemos olvidado de las especias, de los condimentos, de la sal? ¿Qué hubiera sido de la mediocre gastronomía española del medievo si no hubiesen llegado a la Península los nuevos alimentos americanos y orientales? Una buena condimentación, armónica y sin pasarnos ni de cortos ni de largos, es el secreto de todas las grandes recetas, aunque bien es cierto que requiere cierto aprendizaje, ya que es muy típico que cuando se empieza en la cocina se hace realmente tentador echarle a la cazuela puñados de todo lo que vamos encontrando, y eso a veces puede ser nefasto, advierto.
No exagero diciendo que en casa comemos legumbres y platos de cuchara entre cuatro y cinco días a la semana. Es muy cómodo, además, porque casi siempre hago el doble de cantidad y así tenemos arreglado el menú de otro día. Aunque también existe la práctica opción de congelar.
Cocinar es un placer para mí, y desearía que para todo el mundo lo fuese: que fuéramos más artesanos, más autónomos, que las prisas apremiaran menos y viviésemos con más calma. Por eso quiero que mi hija lo perciba así y no piense que el tiempo que se tarda en preparar lo que va a alimentarle es tiempo perdido o malgastado. ¡Bienaventurados los que aún disfrutan de los platos de cuchara, porque ellos estarán más sanos!
Cuando termine de escribir este post me iré a la cocina para dejar unas alubias en remojo toda la noche, que mañana me hago olleta. Pero antes, quisiera dejaros una pequeña reflexión. Y es que, si reiteradamente nos han dicho que las lentejas son comida de viejas, ¿no será por eso precisamente, por tantas veces que las comieron, que pudieron llegar a viejas?

 Esta entrada participa en la 1ª Edición del Carnaval de Nutrición

5 comentarios:

  1. ¡Me ha encantado tu post!Felicitaciones! y me he reído mucho con lo de mandar a alguien a pedir una ración de aros de cebolla. Y eso si ese alguien aún sabe lo que es la cebolla... que muchos ni eso... en fin...

    Un saludo!

    Raquel

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  2. Hola Raquel, me alegro de que te haya gustado. En fin, habrá que poner un poco de humor al asunto, porque como bien dices, al final la huerta murciana saldrá en películas de ciencia ficción. Un saludo.

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  3. Ya sabía yo que tenía que animaros a participar! lo has clavado, estoy muy de acuerdo en todo! se nota tanto que crees y haces lo que escribes...me encanta! ojalá el mundo estuviese lleno de madres y personas como tu!

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  4. Me he bebido tu texto. Me parece lleno de sensatez. Ayer estuve hablando con mi médico de la dieta mediterránea y ella me decía: "Pero si es que en la tan famosa dieta mediterránea, se comía carne una vez al mes o dos, porque no se podía comprar. La gente comía de cuchara. Mucho arroz, mucha legumbre...". Y revisé mis libros "viejos" de cocina española y la inmensa mayoría de los platos (los que no están en el apartado de carnes o pescados) son no ya vegetarianos, sino ¡veganos! Ensaladas con naranjas sanguinas; arroz con lentejas y zanahorias; arroz con alubias negras o pintas; sopas de calabaza... Y me quedé muy sorprendida porque hubiera tantos...

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  5. Me ha encantado leerte, no soy vegetariano pero admiro el amor por la buena comida y por la importancia de una buena alimentación.
    Sobre lo obvio de los platos de cuchara creo que en algún momento también me pasó, pero me replanteé que si eran buenos para mí serían buenos para los demás, y que era necesario compartirlo a pesar de su obviedad.
    Me alegro encontrar tu blog, un saludo.

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