Tras varias semanas meditabundas durante las cuales no he aparecido por la red, me he decidido a despedirme de todos vosotros al menos durante un tiempo. Tal vez sea el solsticio, tal vez el invierno o quizás la entrada de la Nueva Era. El caso es que tengo todavía muchísimo por aprender y muchísimo para transmitiros, pero siento que ahora no es el mejor momento. Necesito terminar un ciclo, y durante un tiempo he de bucear en mí misma. Necesito invernar como los osos, descansar el alma y reposar dentro de la cueva. Necesito hacer la metamorfosis y renacer de nuevo, más adelante. Ahora es el momento de trascender.
Y os agradezco infinitamente que me hayáis acompañado hasta esta parte del camino. Seguiré pensando en vosotros y mandándoos todo el amor y la paz que me sea posible. Por todo ello, os deseo igualmente un feliz Yule y una feliz entrada en la Nueva Era. Os deseo descanso, reflexión e introspección.
Volveré. Para cuando eso ocurra, no sé si seguiréis ahí, al otro lado de la blogosfera. Pero pase lo que pase, tendrá que ser así. Dejo mi blog aquí al alcance de quien lo necesite. Igualmente, mi dirección de mail(lagrimangor@hotmail.com), por si necesitáis algo que la Bruja Vegana pueda hacer por vosotros.
No me marcho por motivos negativos. Al contrario: me alegra decir que soy infinitamente feliz. Y espero compartir parte de ésta, mi felicidad, con vosotros. Todos los que me habéis seguido en realidad sois una parte de La Bruja Vegana, y La Bruja Vegana es una parte de todos vosotros. Pues todos somos una misma cosa, que no es sino la Gran Madre.
No es un adiós, es un hasta pronto. Y por eso os dejo un regalito: hace unos años escribí un libro de cuentos llamado Cuentos del Solsticio de Invierno, y en él, cada una de sus siete historias hacía referencia a la magia de la noche de Yule. Os he puesto en La Bruja Vegana uno de los que pueden ser contados para adultos y para niños: El Cuento de los Tres Juglares. Espero que os haga pasar un buen rato sin que os aterre alguna falta de ortografía o de expresión.
Cuidaos y sabed que os llevo en el corazón. Feliz Yule a todos.
Era media tarde y ya caía el sol, y por toda la cabaña se oía toser al viejo duende Ficus.
- Tráeme una manta, querida Maeror – rogaba sin dejar de toser –, y una taza de vino caliente, por favor: cada día hace más frío.
Y Maeror, caminando con delicadeza y batiendo sus lindas alas de mariposa, pronto apareció para socorrer al anciano rey de los duendes. Ella iba vestida únicamente con hojas de plantas y pétalos de flores, pues es sabido que las hadas, como son espíritus del bosque, al igual que los árboles no sienten frío alguno, y es por eso que pueden caminar descalzas por encima de la nieve. Siendo así, la amable Maeror cada tarde lo arropaba en su camastro, le traía el vino caliente, encendía el fuego…
- Qué buena eres, pequeña Maeror – le decía el hastío y fatigado duende acariciando su melena ondulada y castaña como la madera –, no sé cómo puedo agradecértelo: ya sólo soy un viejo que tiene demasiadas eras vividas, y demasiado frío…
- No hace falta que me agradezcas nada – le contestaba Maeror con dulzura – pues te has pasado toda tu vida cuidando de las hadas y del Bosque de Árguembhork: ahora somos las hadas quienes hemos de cuidar de ti.
La joven hada Maeror tenía razón: el duende Ficus, siendo joven, dejó todo cuanto tenía para ir a aquel bosque, a defenderlo, pues el Mal de la Máscara lo amenazaba. Cientos de hordas de soldados intentaron arrasar aquellos hermosos bosques y terminar con la vida de sus criaturas. Pero Ficus, con su sabiduría y valor, consiguió detener a aquellos infames soldados y hacer que dieran media vuelta, y por ello era que, al menos hasta ese día, el bosque de Árguembhork había permanecido en paz desde hacía mucho tiempo.
- ¿Cómo estás, abuelo Ficus? ¿Cómo has pasado el día hoy? – se oyó otra voz de muchacha. Allí estaba Lila, la hermana menor de Maeror, sonriendo alegremente y con las pecosas mejillas coloradas, como siempre, que combinaban con sus cabellos anaranjados.
El viejo volvió a toser.
- Pues mi día ha sido más achacoso que ayer, con más vejez, y con más frío. ¡Qué frío hace!
- En verdad que lo hace – añadió Lila –, y no me extraña, pues el Solsticio de Invierno Gélido se acerca, y todo el mundo sabe que…
- ¡El Solsticio! – exclamó Ficus echándose las manos a la cabeza –. ¡Lo había olvidado por completo!
Las hadas hermanas se miraron extrañadas.
- Lo había olvidado – se seguía lamentando Ficus –, y sólo queda una semana, rayos. ¿Qué voy a hacer ahora?
- ¿Cómo que qué vas a hacer? – preguntaba Lila sin tener ni idea de lo que le ocurría al pobre Ficus.
- ¡Pues claro! – exclamaba él con cara de tragedia – Yo quería invitar a tres amigos a mi ceremonia: cumplo trescientas eras. Pero si sólo queda una semana, ¿cómo recibirán mis cartas?
- Calma, abuelo Ficus – lo apaciguaba Maeror acariciándole una de las ya arrugadas y venosas manos. En presencia de ella, el duende siempre se mostraba más apacible, menos angustiado. Pero cada vez se hacía más difícil aliviarlo y consolarlo, pues, al fin y al cabo, Ficus ya era muy viejecito.
- Seguro que encontramos a esos amigos tuyos – le aseguraba muy enérgica Lila –, sólo dinos dónde hemos de buscarlos y…
Pero Ficus negaba con la cabeza mostrando un gesto de tristeza y resignación.
- Ni siquiera yo sé dónde están – aclaró desanimado. Nadie podría ayudarle –. Hace mucho, mucho tiempo, cuando vine a vivir a este bosque, invité a mis amigos de toda la vida a que celebrasen el Solsticio de Invierno Gélido conmigo aquí. Me echaban mucho de menos desde que me marché y decidieron visitarme. Sus nombres eran Léndof, el violinista, Carón, el flautista, y Kadia, la cantarina. Los cuatro nos conocíamos desde niños, pues todos habíamos crecido en Juglaria, una tierra alegre y llena de artistas.
” Esa noche, preparé una cena suculenta, con las mejores hortalizas, y postres que deleitarían a los más ambiciosos reyes. También puse vino dulce, el mejor que tenía, para la sobremesa. Pero ya era casi media noche y nadie había acudido: mis amigos no vinieron a cenar conmigo. En aquel entonces, yo sólo contaba treinta eras, fijaos, diez veces menos que ahora.
” Y aunque pasaban los solsticios y mi cálida cabaña se llenaba de otros amigos, duendes y hadas que fui conociendo aquí, gente de buen corazón, sin embargo aquellos tres juglares jamás aparecieron, ni siquiera contestaron mis cartas. Y es así como, era tras era, aún los estoy esperando. Pero ya no vendrán, lo sé, ya no vendrán…
Y diciendo esto último con un frágil hilillo de voz, el anciano fue cerrando los párpados, y se quedó profundamente dormido.
Maeror y Lila se miraron en silencio, compartiendo la melancolía tan profunda del viejo Ficus. Puesto que el anciano dormía apaciblemente, apagaron las velas y, sin hacer ruido, las dos hadas salieron de la cabaña y se sentaron en las fuertes ramas de un sauce llorón que crecía junto a la casita del duende. El viento arrastraba manojos de hojas secas de las copas de los árboles, que ya estaban terminando de mudarlas, y delicados copos de aguanieve comenzaban a caer suavemente sobre la hojarasca helada que cubría la tierra.
- ¡Qué crueldad! – exclamaba Lila – ¡Me indigna tanta crueldad! La crueldad de esos juglares: dejar a su fiel amigo solo en la noche del Solsticio de Invierno Gélido… Y teniendo en cuenta que esa noche, además, cumple eras…
- ¿Y si no fuera así? – reflexionó Maeror que siempre era más comprensiva –. ¿Y si les pasó algo a sus amigos? Pues piensa que llegar hasta estos bosques no es fácil, y muchos humanos se pierden.
Tenía razón. El gigantesco bosque de Árguembhork era un lugar recóndito, inmenso y a veces inaccesible. Quizás aquellos juglares nunca encontraron el camino y por eso Ficus se quedó esperándoles durante cientos de eras.
- Pero, Maeror – observó Lila –, si eso fue así, los tres juglares ya habrán muerto: los humanos no suelen vivir más de cien eras, y el anciano Ficus ya va a cumplir trescientas.
- Es cierto, hermana. Y Ficus se pondría muy triste si así fuera: no se marchará tranquilo si no se despide de todos.
- ¿Marcharse? – se sorprendió la siempre ingenua Lila – ¿A dónde? Con lo bien que se está aquí…
Pero la mirada grave de Maeror pronto hizo a Lila comprender lo que ocurría.
- Las mejillas de Ficus ya no brillan sonrosadas al calor de la lumbre – explicaba Maeror con nostalgia –, y sus pequeños ojos, tan vivos como estaban antes, ahora se encuentran caídos y grises. Sus manos tiemblan todo el rato, y siempre están frías, heladas como la nieve que ya comienza a asomar por el cielo. Su voz suena débil, pareciendo que se le va a romper, además por su boca sólo salen ya palabras de lamento. Y su corazón está cansado, de tanto latir. ¿Cómo podemos permitir, Lila, que se marche así de la vida el anciano duende que tanto bien nos ha hecho, a nosotras y a este bosque?
Lila se sentía tan triste como Maeror, impotente, sin saber qué hacer. Con rabia, por no poder alegrar al abuelo Ficus en los que serían quizá los últimos días de su existencia. Una lágrima escapó por uno de sus ojos verdosos. Esperaba impaciente que Maeror propusiera alguna solución: Maeror siempre lo arreglaba todo.
- Yo no lo permitiré – deliberó finalmente.
- Ni yo tampoco – se sumó Lila expectante con tremendas ganas de conocer la propuesta de su hermana mayor – ¿Qué tenemos que hacer?
Entonces Maeror, con gran coraje en su pecho y en sus ojos de castaña, se levantó del árbol con firmeza.
- Iré a buscar a los tres juglares – declaró con gran solemnidad –, estén vivos o estén muertos. Y pase lo que pase, el viejo Ficus tendrá su fiesta, dentro de siete días.
Lila escuchaba a Maeror sin salir de su asombro: pero ¿dónde iría? ¿Cómo los encontraría si ni siquiera los había visto nunca?
- El bosque me ayudará, Lila: seguro que algún árbol, roca, pájaro o lobo los ha visto pasar. Los encontraré.
- ¿Y yo, Maeror? – preguntaba Lila desconcertada – ¿Qué haré yo?
- Cuida de Ficus, hermana: que nada le falte, que no pase frío, y que duerma bien. No le digas dónde he ido. Y por cierto… ¡Nada de hechizos!
Maeror sabía que Lila gustaba de utilizar la magia; pero no siempre sus resultados eran los esperados, así que era preferible que no hiciese hechizos sin antes consultárselo.
- ¿Y si llega la noche del Solsticio y todavía no has vuelto?
Pero la pregunta de Lila se quedó flotando en el aire junto a los pequeños copos de escarcha, pues Maeror ya había emprendido el vuelo y se alejaba de allí rápidamente elevándose entre los robles ancianos del bosque.
* * *
Hacía ya cinco días que Maeror había comenzado su búsqueda, pero no encontraba por ningún lado a los amigos de Ficus a pesar de que había explorado todo el bosque de Árguembhork.
El primer día preguntó al caudaloso río del lugar, pero éste no recordaba que ningún juglar hubiese bebido de su caudal. Entonces, con el rumor de sus aguas le contestó que no había visto en eras y eras más que a las hadas de allí.
El segundo día preguntó a las recias encinas y a los robustos robles, mas ninguno de ellos recordaba que algún juglar humano se hubiese sentado a descansar sobre sus raíces o hubiese tomado alguna bellota para almorzar. Así que, desde dentro de sus troncos, respondieron a Maeror con sus hondas voces de madera que a nadie habían visto pasar desde hacía mucho tiempo.
El tercer día preguntó al gran lobo Gadmo, el rey de todos los lobos del bosque. Sin embargo, tampoco él cuando paseaba por la noche con su esposa y sus lobeznos había visto a nadie deambular por allí.
Y sin cansarse de buscar, el cuarto día preguntó a los búhos nocturnos, y a las hormigas, que ya tenían alimento suficiente para el Invierno Gélido. Y preguntó a las rocas y a los tejos, a los enebros, a los acebos y a los sauces… pero nadie, nadie en el bosque de Árguembhork había visto pasar a los juglares.
“Quizás sea verdad que nunca vinieron a visitar al pobre Ficus”, reflexionó Maeror descansando sobre las ramas de un fresno, agotada ya de tanto buscar. Pero no se rindió: tenía que encontrar a los juglares para que el anciano duende tuviera la fiesta más feliz de su vida. Así que se puso en pie y siguió volando fugazmente mientras comenzaba a nevar. Si los juglares no estaban en el bosque, quizás estarían en la aldea de Léyrembhork. Y aunque a Maeror no le gustaba mucho salir de allí, pues de hecho el bosque era su casa y en él estaba fuera de peligro, sin embargo se aventuró a seguir hacia la aldea.
Pero fue mucho antes de llegar al camino cuando divisó algo muy extraño encima de una loma. Y como empezaba a anochecer, se acercó más para ver qué era.
Allá arriba crecían tres árboles juntos, pero no unos árboles cualesquiera. Maeror se acercó un poco más y pudo ver que de sus tortuosos troncos sobresalían formas irregulares. Se fijó atentamente: una nariz, una barbilla, los dedos de una mano… Y también vio que de la copa de uno de ellos caían dos manojos de hojas, uno a cada lado, recogidos en dos trenzas. ¿Qué árboles serían esos? Nunca Maeror había visto nada igual.
De pronto, el hada descubrió sus rostros: eran rostros humanos, los rostros de los tres juglares. Y entonces se acordó de algo que el viejo Ficus una vez le enseñó: “Cuando alguien de buen corazón se pierde en el bosque – recordaba sus sabias palabras – la Madre Tierra no deja que muera de hambre o de frío. Por eso, a los que pierdan el rumbo y ya no sepan dónde van, los convertirá en árbol, o en roca, sumiéndolos en un dulce y largo sueño, hasta que alguien venga a despertarlos y recuperen su forma humana.”
¡Exacto! Eran ellos, los tres juglares: Léndof, el violinista, Carón, el flautista, y Kadia, la cantarina. Por eso la copa de su árbol tenía las hojas recogidas en dos trenzas. Ahora Maeror entendía todo, pero faltaba un detalle: Ficus nunca le dijo cómo despertar a alguien que se encontrase en aquel estado.
De este modo, el hada primero cantó una canción, pero sus rostros de madera ni se inmutaron. Después aleteó muy fuerte con sus alas de mariposa, mas ni siquiera se movieron las hojas de sus copas. Por último, y puesto que ya había nevado bastante, les lanzó bolas de nieve, sin embargo éstas se convertían en polvo en cuanto tocaban sus troncos.
Por eso, y ya triste y desanimada, gritó con rabia y muy alto:
- ¿Es que os vais a quedar toda la vida ahí, convertidos en árboles? ¿No vais a sacar las raíces de la tierra para ir a ver a vuestro amigo Ficus? Quizás ésta sea su última fiesta del Solsticio, ¡y vosotros durmiendo tan tranquilos!
Su voz se perdió rápidamente en la noche. Creyó que todo estaba perdido y que volvería a la cabaña del viejo duende sin haber conseguido nada. Sin embargo, se escuchó de pronto un leve crujido, como de leños secos. Maeror se dio la vuelta y observó sorprendida cómo se abrían los párpados de madera de aquellos seres, dejando entrever unos ojos brillantes y vivos en cada uno de ellos. Sus cuerpos de tronco seguían crujiendo en tanto que movían sus cerradas bocas para sonreír o intentaban estirar brazos y piernas. Fueron los sinceros deseos y la esperanza de Maeror lo que había conseguido despertarles
Y poco a poco, la corteza se fue desvaneciendo dando lugar a la pálida y tersa piel de aquéllos, y las hojas se convertían en sus cabellos abandonando el color verde para volverse dorados en la cabeza de Kadia, algo más oscuros en la de Léndof y negros como la noche los de Carón. Pero lo más curioso de todo era que seguían siendo jóvenes, tan jóvenes como en el momento en que la Gran Madre decidió protegerlos dándoles forma de árboles.
Cuando los juglares ya habían recuperado su aspecto original, se desperezaron una y otra vez, desentumeciendo sus brazos y sus piernas. Se miraban desconcertados sin saber qué había pasado todo aquel tiempo. Pero entonces, Léndof recordó vagamente las palabras de Maeror.
- Discúlpame, hada. Mi nombre es Léndof, el violinista. Pero quisiera saber si lo he soñado o es verdad, ¿le ocurre algo malo a nuestro amigo Ficus?
- Yo soy Kadia, la cantarina, y también tengo esa sensación – añadió la juglaresa.
- Pero ¿cómo? – se extrañaba Carón –. Si nos ha invitado a celebrar la llegada del Invierno Gélido en su nueva casa, que ahora está en el interior del bosque. Sólo que… ¿No nos habíamos perdido?
Maeror los miraba boquiabierta, sin saber qué decirles: efectivamente, para ellos no había pasado el tiempo. Seguían anclados en el momento en que, al parecer, se perdieron en el bosque, casi trescientas eras atrás. Ése era el motivo por el que nunca llegaron a la fiesta de Ficus.
- Bueno, venid conmigo – resolvió el hada finalmente –, yo os acompañaré a la casa de Ficus, y por el camino os explicaré todo lo que ha pasado.
Y siendo así, los tres juglares siguieron a Maeror por el majestuoso bosque de Árguembhork, en el que no era extraño que más de uno y más de dos se adentraran sin desorientarse. Entonces el hada pensó en cuántos árboles más no habría como aquéllos. Y empezó a mirar con ojo analítico todos los troncos con los que se cruzaba, buscando en ellos rostros de madera.
Debían darse prisa para que Ficus al fin, después de una larga existencia, pudiese sosegar la angustia de creer que sus mejores amigos le habían abandonado.
* * *
Amanecía el séptimo día desde la marcha de Maeror, pero ésta todavía no había regresado. Lila se ponía nerviosa, ¿pues qué iban a hacer al final?
Comenzó a nevar abundantemente en el bosque, y por eso la joven hada entró pronto en la humilde cabaña de Ficus para encender el fuego.
- ¡Qué frío! – se quejaba el anciano una y otra vez – ¡Cada día hace más frío! Lila, niña, tráeme otra manta, por favor.
Y Lila llegó con una sonrisa para arroparle. También le preparó un té muy caliente, y le trajo dulce de calabaza, para que desayunase algo. Aunque el viejo cada vez tenía menos apetito.
- ¿Dónde está tu hermana Maeror? Hace días que ya no viene por aquí… Y no me extraña: ya nadie quiere estar con este viejo achacoso…
- ¡No digas eso, abuelo Ficus! – protestó Lila muy enérgica –. Maeror se fue al bosque a recoger frutas y guirnaldas de acebo para tu fiesta. Pero volverá esta noche, e invitaremos a todas las hadas y a todos los duendes de la región.
- No os preocupéis por mí, niña. No hace falta que vengan todos, además: siempre faltarán los más importantes…
Y diciendo esto, el anciano se quedó adormilado. Lila le dio un beso en una de las mejillas que antaño siempre estaban rojas como dos manzanas maduras, pero que ahora estaban descoloridas. Veía a su abuelo dormir y le despertaba tal sensación de ternura y compasión que decidió finalmente ponerse manos a la obra ella también: no podía esperar a Maeror más tiempo, pues la ilusión de Ficus estaba en juego.
Lila salió de la casa. Allí fuera, a pesar del frío y la nieve, las hadas trabajaban sin descanso decorando los árboles con guirnaldas y cintas de colores para la fiesta. Y los duendes en sus casas horneaban pan y pasteles de zanahoria para tomar esa noche. Se respiraba un agradable aire de júbilo y alegría por la nueva era que entraba. Pero Lila no pretendía ayudar a las hadas engalanando el lugar ni a los duendes cocinando: caminó rápido, huyendo de las miradas de todos, y cuando creyó que se había alejado lo suficiente, entonces se detuvo en un pequeño claro del bosque.
“¡Nada de hechizos!”, retumbaba en su cabeza la voz de la siempre responsable Maeror. Pero no hizo caso: era aquélla una situación extrema, y sólo en situaciones extremas usaba su magia. Así que buscó un lindo acebo, colmado de bayas rojas, y pronunció:
- ¡Oh, acebo! Por el poder que me concede este bosque, te pido que esta noche te conviertas en Kadia, la cantarina.
Y acto seguido, una esfera de luz azul envolvió al acebo, y cuando se disipó, el arbusto había tomado la imagen y forma de la juglaresa Kadia.
Luego Lila encontró dos frondosos abetos azules, medianos, no demasiado grandes, y de la misma manera en que lo había hecho antes, los convirtió en Léndof, el violinista, y en Carón, el flautista, y después ordenó a los tres que la siguieran.
Y siendo así, con aquella curiosa comitiva se dirigió a la cabaña de Ficus.
Allí la fiesta ya había empezado. En el salón ardía contento el fuego de la chimenea, y Ficus, en su sillón, miraba dichoso a todos sus invitados, y sonreía alegremente. Una larga mesa estaba colmada de candelabros y alimentos, y allí hadas y duendes charlaban y reían sin dejar sólo ni un momento al venerable abuelo Ficus que tanto había luchado por ellos y por su bosque.
En ese momento, Lila entró en la casa acompañada por los tres falsos juglares que la habían seguido todo el camino sin protestar, sin mediar palabra siquiera. Aprovechando que Ficus hablaba con otros amigos, con aire de juego se le acercó por detrás para taparle los ojos.
- ¡Sorpresa, abuelo Ficus! – exclamó –. ¿A que no sabes quién ha venido a verte?
Entonces, toda la sala quedó en silencio. Todo el mundo allí conocía la historia de Ficus y los tres juglares, y esperaban con gran emoción el momento del reencuentro. El viejo, por su parte, nada decía, sólo sonreía cada vez con más ilusión, y su corazón palpitaba velozmente. Pero justo en ese momento fue cuando a Lila comenzaron a asaltarle las dudas: en realidad estaba engañando al pobre anciano. Y además, la voz sabia de Maeror volvió a rondar por su cabeza: “Los árboles conjurados no dirán ni una palabra aunque los conviertas en humanos, ellos no pueden hablar como nosotros. Al fin y al cabo, seguirán comportándose como árboles, y volverán a su forma original cuando llegue la media noche.”
¡Pobre Ficus! ¡Descubriría el engaño! Y todo por su torpeza. Si lo hubiera pensado antes… Pero ya era tarde: no podía sacar a los árboles-juglares de allí sin que Ficus se diese cuenta. Ése era el tipo de cosas que sólo podía solucionar… ¡Maeror! ¡Estaba allí por fin! Y el hada también llegaba acompañada por los tres juglares, por los auténticos, claro está; pero aunque los que había allí no comprendían muy bien lo que ocurría, siguieron callados, guardando silencio, hasta que las hadas pudieron resolver el enredo. Y siendo así, mientras Lila seguía tapando los ojos al anciano y jugando con él a las adivinanzas, Maeror sacó de allí a los tres falsos juglares y los dejó en el exterior de la cabaña. Entonces, Lila retiró sus manos de los ojos del abuelo.
- ¡Léndof! – exclamaba de emoción Ficus – ¡Y también Kadia, y Carón! ¡Por fin estamos todos juntos!
- ¡Ficus! – exclamó Léndof – No lo creerás, pero hemos estado perdidos desde la primera vez que intentamos venir a visitarte.
- Pensé que ya no vendríais a verme… – se lamentó el anciano.
- ¿Por qué dices eso? – protestó Kadia – Ahora nos quedaremos aquí, contigo, en el bosque para siempre.
- Sí, Ficus – asentía Carón –, pues los amigos de verdad son aquéllos cuya amistad el tiempo no puede borrar.
- Si es así – se alegró Ficus abrazándolos con fuerza –, cuánto me alegro.
El júbilo y la alegría volvieron a invadir el lugar, y en tanto que Ficus y los juglares se explicaban muchas cosas(pues a ellos les extrañaba encontrarlo ya tan viejo y a él encontrarlos aún vivos), el espíritu del anciano se llenó de tanta felicidad que su aspecto se volvió joven, joven como sus amigos. Sus mejillas se volvieron a sonrosar y sus ojos azul cielo brillaron como antaño. No sentía frío alguno, y bailó y cantó y rió como nunca ante el asombro y el cariño de todos cuantos allí había.
Así pues, llegó la media noche, y todos brindaron por el Invierno Gélido y la nueva era que llegaba. Y entonces la música cesó, y todos callaron porque Ficus quería decir algo.
- Acabo de cumplir trescientas eras: buena edad para un duende. Creo que ya es hora de que me vaya a dormir.
Todos los presentes tenían lágrimas en los ojos y un nudo en la garganta, pues el anciano no se iría a descansar a su cama como todas las noches, sino que se marchaba ya de aquél, el mundo de los vivos, y por eso quería despedirse de todos. Siendo así, dio y recibió un sin fin de abrazos y palabras de aprecio y respeto, pues allí todos le amaban. Estrechó fuertemente a sus amigos los juglares con sus brazos, y les pidió que nunca dejasen la música. Luego fue la pequeña Lila, a la que besó en las mejillas y además aconsejó que llevase cuidado con la magia. Y por último, Maeror: el hada guerrera que seguía sus pasos, el hada valiente que siempre conseguía cuanto se proponía, y la que tanto había cuidado de él.
- A ti te convierto en mi sucesora – dijo solemnemente el rejuvenecido Ficus –, y escuchadlo todos bien: Maeror, dejo en tu mano el cuidado de este bosque, de sus habitantes y de todas sus criaturas. Desde hoy, serás la mayor guardiana de los bosques de Árguembhork.
Y terminando de decir esto, besó a Maeror en la frente. Fue entonces cuando su cuerpo comenzó a desprender luz en torno suyo, y lentamente se fue recubriendo por un aura brillante y blanca mientras sonreía a todos y se despedía con la mano.
- Adiós, adiós amigos míos – dijo por último.
El aura blanca se fue tornando cada vez más opaca hasta que su cuerpo desapareció en la luz, y siendo así quedó únicamente una luminosa llama blanca que olía a moras y a la corteza de los pinos, a tierra mojada y a violetas, a hojas secas y a las aguas del río, y en fin, a la pura esencia del bosque del que el alma de Ficus ya formaba parte. Entonces, la llama blanca se marchó por la ventana, hacia el corazón de la fronda, perdiéndose en la oscuridad.
En el salón todos se quedaron callados, tristes, mirándose los unos a los otros. Pero luego Maeror les recordó que ahora debían alegrarse, pues Ficus seguía estando con ellos en Árguembhork, en cada árbol y cada roca, en cada criatura y en cada uno de ellos, sólo que su alma entonces ya era libre.
Por eso siguió la música, y el banquete, y la risa y los bailes. Y todos allí se divirtieron y fueron muy dichosos mientras que dos frondosos abetos azules y un acebo lleno de bayas rojas esperaban fuera de la cabaña, bajo la nieve. Y aunque Maeror riñó a su hermana por haber utilizado la magia de malas maneras, todos los demás creyeron con gran ilusión que dichos árboles habían crecido allí esa misma noche por una bendición de la Madre Tierra, así que los convirtieron en los árboles simbólicos de Yule, la fiesta del Solsticio. Y ante eso, ni Lila ni Maeror contaron la verdad.



