Soy mujer, vegana, wiccana, madre de una niña a la que estoy criando de la forma más natural posible, pareja de un cantautor también vegano, y madre adoptiva de dos gatas que viven en mi casa y que colechan con todos nosotros. Todavía me queda muchísimo que aprender, sin embargo, lo que ya he aprendido me gustaría compartirlo con todos los que estéis dispuestos a escuchar.







jueves, 20 de diciembre de 2012

Feliz Yule y hasta pronto


Tras varias semanas meditabundas durante las cuales no he aparecido por la red, me he decidido a despedirme de todos vosotros al menos durante un tiempo. Tal vez sea el solsticio, tal vez el invierno o quizás la entrada de la Nueva Era. El caso es que tengo todavía muchísimo por aprender y muchísimo para transmitiros, pero siento que ahora no es el mejor momento. Necesito terminar un ciclo, y durante un tiempo he de bucear en mí misma. Necesito invernar como los osos, descansar el alma y reposar dentro de la cueva. Necesito hacer la metamorfosis y renacer de nuevo, más adelante. Ahora es el momento de trascender.
Y os agradezco infinitamente que me hayáis acompañado hasta esta parte del camino. Seguiré pensando en vosotros y mandándoos todo el amor y la paz que me sea posible. Por todo ello, os deseo igualmente un feliz Yule y una feliz entrada en la Nueva Era. Os deseo descanso, reflexión e introspección.
Volveré. Para cuando eso ocurra, no sé si seguiréis ahí, al otro lado de la blogosfera. Pero pase lo que pase, tendrá que ser así. Dejo mi blog aquí al alcance de quien lo necesite. Igualmente, mi dirección de mail(lagrimangor@hotmail.com), por si necesitáis algo que la Bruja Vegana pueda hacer por vosotros.
No me marcho por motivos negativos. Al contrario: me alegra decir que soy infinitamente feliz. Y espero compartir parte de ésta, mi felicidad, con vosotros. Todos los que me habéis seguido en realidad sois una parte de La Bruja Vegana, y La Bruja Vegana es una parte de todos vosotros. Pues todos somos una misma cosa, que no es sino la Gran Madre.
No es un adiós, es un hasta pronto. Y por eso os dejo un regalito: hace unos años escribí un libro de cuentos llamado Cuentos del Solsticio de Invierno, y en él, cada una de sus siete historias hacía referencia a la magia de la noche de Yule. Os he puesto en La Bruja Vegana uno de los que pueden ser contados para adultos y para niños: El Cuento de los Tres Juglares. Espero que os haga pasar un buen rato sin que os aterre alguna falta de ortografía o de expresión.
Cuidaos y sabed que os llevo en el corazón. Feliz Yule a todos.

 El cuento de los tres juglares
Era media tarde y ya caía el sol, y por toda la cabaña se oía toser al viejo duende Ficus.
- Tráeme una manta, querida Maeror – rogaba sin dejar de toser –, y una taza de vino caliente, por favor: cada día hace más frío.
Y Maeror, caminando con delicadeza y batiendo sus lindas alas de mariposa, pronto apareció para socorrer al anciano rey de los duendes. Ella iba vestida únicamente con hojas de plantas y pétalos de flores, pues es sabido que las hadas, como son espíritus del bosque, al igual que los árboles no sienten frío alguno, y es por eso que pueden caminar descalzas por encima de la nieve. Siendo así, la amable Maeror cada tarde lo arropaba en su camastro, le traía el vino caliente, encendía el fuego…
- Qué buena eres, pequeña Maeror – le decía el hastío y fatigado duende acariciando su melena ondulada y castaña como la madera –, no sé cómo puedo agradecértelo: ya sólo soy un viejo que tiene demasiadas eras vividas, y demasiado frío…
- No hace falta que me agradezcas nada – le contestaba Maeror con dulzura – pues te has pasado toda tu vida cuidando de las hadas y del Bosque de Árguembhork: ahora somos las hadas quienes hemos de cuidar de ti.
La joven hada Maeror tenía razón: el duende Ficus, siendo joven, dejó todo cuanto tenía para ir a aquel bosque, a defenderlo, pues el Mal de la Máscara lo amenazaba. Cientos de hordas de soldados intentaron arrasar aquellos hermosos bosques y terminar con la vida de sus criaturas. Pero Ficus, con su sabiduría y valor, consiguió detener a aquellos infames soldados y hacer que dieran media vuelta, y por ello era que, al menos hasta ese día, el bosque de Árguembhork había permanecido en paz desde hacía mucho tiempo.
- ¿Cómo estás, abuelo Ficus? ¿Cómo has pasado el día hoy? – se oyó otra voz de muchacha. Allí estaba Lila, la hermana menor de Maeror, sonriendo alegremente y con las pecosas mejillas coloradas, como siempre, que combinaban con sus cabellos anaranjados.
El viejo volvió a toser.
- Pues mi día ha sido más achacoso que ayer, con más vejez, y con más frío. ¡Qué frío hace!
- En verdad que lo hace – añadió Lila –, y no me extraña, pues el Solsticio de Invierno Gélido se acerca, y todo el mundo sabe que…
- ¡El Solsticio! – exclamó Ficus echándose las manos a la cabeza –. ¡Lo había olvidado por completo!
Las hadas hermanas se miraron extrañadas.
- Lo había olvidado – se seguía lamentando Ficus –, y sólo queda una semana, rayos. ¿Qué voy a hacer ahora?
- ¿Cómo que qué vas a hacer? – preguntaba Lila sin tener ni idea de lo que le ocurría al pobre Ficus.
- ¡Pues claro! – exclamaba él con cara de tragedia – Yo quería invitar a tres amigos a mi ceremonia: cumplo trescientas eras. Pero si sólo queda una semana, ¿cómo recibirán mis cartas?
- Calma, abuelo Ficus – lo apaciguaba Maeror acariciándole una de las ya arrugadas y venosas manos. En presencia de ella, el duende siempre se mostraba más apacible, menos angustiado. Pero cada vez se hacía más difícil aliviarlo y consolarlo, pues, al fin y al cabo, Ficus ya era muy viejecito.
- Seguro que encontramos a esos amigos tuyos – le aseguraba muy enérgica Lila –, sólo dinos dónde hemos de buscarlos y… 
Pero Ficus negaba con la cabeza mostrando un gesto de tristeza y resignación.
- Ni siquiera yo sé dónde están – aclaró desanimado. Nadie podría ayudarle –. Hace mucho, mucho tiempo, cuando vine a vivir a este bosque, invité a mis amigos de toda la vida a que celebrasen el Solsticio de Invierno Gélido conmigo aquí. Me echaban mucho de menos desde que me marché y decidieron visitarme. Sus nombres eran Léndof, el violinista, Carón, el flautista, y Kadia, la cantarina. Los cuatro nos conocíamos desde niños, pues todos habíamos crecido en Juglaria, una tierra alegre y llena de artistas.
” Esa noche, preparé una cena suculenta, con las mejores hortalizas, y postres que deleitarían a los más ambiciosos reyes. También puse vino dulce, el mejor que tenía, para la sobremesa. Pero ya era casi media noche y nadie había acudido: mis amigos no vinieron a cenar conmigo. En aquel entonces, yo sólo contaba treinta eras, fijaos, diez veces menos que ahora.
” Y aunque pasaban los solsticios y mi cálida cabaña se llenaba de otros amigos, duendes y hadas que fui conociendo aquí, gente de buen corazón, sin embargo aquellos tres juglares jamás aparecieron, ni siquiera contestaron mis cartas. Y es así como, era tras era, aún los estoy esperando. Pero ya no vendrán, lo sé, ya no vendrán…
Y diciendo esto último con un frágil hilillo de voz, el anciano fue cerrando los párpados, y se quedó profundamente dormido.
Maeror y Lila se miraron en silencio, compartiendo la melancolía tan profunda del viejo Ficus. Puesto que el anciano dormía apaciblemente, apagaron las velas y, sin hacer ruido, las dos hadas salieron de la cabaña y se sentaron en las fuertes ramas de un sauce llorón que crecía junto a la casita del duende. El viento arrastraba manojos de hojas secas de las copas de los árboles, que ya estaban terminando de mudarlas, y delicados copos de aguanieve comenzaban a caer suavemente sobre la hojarasca helada que cubría la tierra.
- ¡Qué crueldad! – exclamaba Lila – ¡Me indigna tanta crueldad! La crueldad de esos juglares: dejar a su fiel amigo solo en la noche del Solsticio de Invierno Gélido… Y teniendo en cuenta que esa noche, además, cumple eras…
- ¿Y si no fuera así? – reflexionó Maeror que siempre era más comprensiva –. ¿Y si les pasó algo a sus amigos? Pues piensa que llegar hasta estos bosques no es fácil, y muchos humanos se pierden.
Tenía razón. El gigantesco bosque de Árguembhork era un lugar recóndito, inmenso y a veces inaccesible. Quizás aquellos juglares nunca encontraron el camino y por eso Ficus se quedó esperándoles durante cientos de eras.
- Pero, Maeror – observó Lila –, si eso fue así, los tres juglares ya habrán muerto: los humanos no suelen vivir más de cien eras, y el anciano Ficus ya va a cumplir trescientas.
- Es cierto, hermana. Y Ficus se pondría muy triste si así fuera: no se marchará tranquilo si no se despide de todos.
- ¿Marcharse? – se sorprendió la siempre ingenua Lila – ¿A dónde? Con lo bien que se está aquí…
Pero la mirada grave de Maeror pronto hizo a Lila comprender lo que ocurría.
- Las mejillas de Ficus ya no brillan sonrosadas al calor de la lumbre – explicaba Maeror con nostalgia –, y sus pequeños ojos, tan vivos como estaban antes, ahora se encuentran caídos y grises. Sus manos tiemblan todo el rato, y siempre están frías, heladas como la nieve que ya comienza a asomar por el cielo. Su voz suena débil, pareciendo que se le va a romper, además por su boca sólo salen ya palabras de lamento. Y su corazón está cansado, de tanto latir. ¿Cómo podemos permitir, Lila, que se marche así de la vida el anciano duende que tanto bien nos ha hecho, a nosotras y a este bosque?
Lila se sentía tan triste como Maeror, impotente, sin saber qué hacer. Con rabia, por no poder alegrar al abuelo Ficus en los que serían quizá los últimos días de su existencia. Una lágrima escapó por uno de sus ojos verdosos. Esperaba impaciente que Maeror propusiera alguna solución: Maeror siempre lo arreglaba todo.
- Yo no lo permitiré – deliberó finalmente.
- Ni yo tampoco – se sumó Lila expectante con tremendas ganas de conocer la propuesta de su hermana mayor – ¿Qué tenemos que hacer?
Entonces Maeror, con gran coraje en su pecho y en sus ojos de castaña, se levantó del árbol con firmeza.
- Iré a buscar a los tres juglares – declaró con gran solemnidad –, estén vivos o estén muertos. Y pase lo que pase, el viejo Ficus tendrá su fiesta, dentro de siete días.
Lila escuchaba a Maeror sin salir de su asombro: pero ¿dónde iría? ¿Cómo los encontraría si ni siquiera los había visto nunca?
- El bosque me ayudará, Lila: seguro que algún árbol, roca, pájaro o lobo los ha visto pasar. Los encontraré.
- ¿Y yo, Maeror? – preguntaba Lila desconcertada – ¿Qué haré yo?
- Cuida de Ficus, hermana: que nada le falte, que no pase frío, y que duerma bien. No le digas dónde he ido. Y por cierto… ¡Nada de hechizos!
Maeror sabía que Lila gustaba de utilizar la magia; pero no siempre sus resultados eran los esperados, así que era preferible que no hiciese hechizos sin antes consultárselo.
- ¿Y si llega la noche del Solsticio y todavía no has vuelto?
Pero la pregunta de Lila se quedó flotando en el aire junto a los pequeños copos de escarcha, pues Maeror ya había emprendido el vuelo y se alejaba de allí rápidamente elevándose entre los robles ancianos del bosque.
*       *       *
   
Hacía ya cinco días que Maeror había comenzado su búsqueda, pero no encontraba por ningún lado a los amigos de Ficus a pesar de que había explorado todo el bosque de Árguembhork.
El primer día preguntó al caudaloso río del lugar, pero éste no recordaba que ningún juglar hubiese bebido de su caudal. Entonces, con el rumor de sus aguas le contestó que no había visto en eras y eras más que a las hadas de allí.
El segundo día preguntó a las recias encinas y a los robustos robles, mas ninguno de ellos recordaba que algún juglar humano se hubiese sentado a descansar sobre sus raíces o hubiese tomado alguna bellota para almorzar. Así que, desde dentro de sus troncos, respondieron a Maeror con sus hondas voces de madera que a nadie habían visto pasar desde hacía mucho tiempo.
El tercer día preguntó al gran lobo Gadmo, el rey de todos los lobos del bosque. Sin embargo, tampoco él cuando paseaba por la noche con su esposa y sus lobeznos había visto a nadie deambular por allí.
Y sin cansarse de buscar, el cuarto día preguntó a los búhos nocturnos, y a las hormigas, que ya tenían alimento suficiente para el Invierno Gélido. Y preguntó a las rocas y a los tejos, a los enebros, a los acebos y a los sauces… pero nadie, nadie en el bosque de Árguembhork había visto pasar a los juglares.
“Quizás sea verdad que nunca vinieron a visitar al pobre Ficus”, reflexionó Maeror descansando sobre las ramas de un fresno, agotada ya de tanto buscar. Pero no se rindió: tenía que encontrar a los juglares para que el anciano duende tuviera la fiesta más feliz de su vida. Así que se puso en pie y siguió volando fugazmente mientras comenzaba a nevar. Si los juglares no estaban en el bosque, quizás estarían en la aldea de Léyrembhork. Y aunque a Maeror no le gustaba mucho salir de allí, pues de hecho el bosque era su casa y en él estaba fuera de peligro, sin embargo se aventuró a seguir hacia la aldea.
Pero fue mucho antes de llegar al camino cuando divisó algo muy extraño encima de una loma. Y como empezaba a anochecer, se acercó más para ver qué era.
Allá arriba crecían tres árboles juntos, pero no unos árboles cualesquiera. Maeror se acercó un poco más y pudo ver que de sus tortuosos troncos sobresalían formas irregulares. Se fijó atentamente: una nariz, una barbilla, los dedos de una mano… Y también vio que de la copa de uno de ellos caían dos manojos de hojas, uno a cada lado, recogidos en dos trenzas. ¿Qué árboles serían esos? Nunca Maeror había visto nada igual.
De pronto, el hada descubrió sus rostros: eran rostros humanos, los rostros de los tres juglares. Y entonces se acordó de algo que el viejo Ficus una vez le enseñó: “Cuando alguien de buen corazón se pierde en el bosque – recordaba sus sabias palabras – la Madre Tierra no deja que muera de hambre o de frío. Por eso, a los que pierdan el rumbo y ya no sepan dónde van, los convertirá en árbol, o en roca, sumiéndolos en un dulce y largo sueño, hasta que alguien venga a despertarlos y recuperen su forma humana.”
¡Exacto! Eran ellos, los tres juglares: Léndof, el violinista, Carón, el flautista, y Kadia, la cantarina. Por eso la copa de su árbol tenía las hojas recogidas en dos trenzas. Ahora Maeror entendía todo, pero faltaba un detalle: Ficus nunca le dijo cómo despertar a alguien que se encontrase en aquel estado.
De este modo, el hada primero cantó una canción, pero sus rostros de madera ni se inmutaron. Después aleteó muy fuerte con sus alas de mariposa, mas ni siquiera se movieron las hojas de sus copas. Por último, y puesto que ya había nevado bastante, les lanzó bolas de nieve, sin embargo éstas se convertían en polvo en cuanto tocaban sus troncos.
Por eso, y ya triste y desanimada, gritó con rabia y muy alto:
- ¿Es que os vais a quedar toda la vida ahí, convertidos en árboles? ¿No vais a sacar las raíces de la tierra para ir a ver a vuestro amigo Ficus? Quizás ésta sea su última fiesta del Solsticio, ¡y vosotros durmiendo tan tranquilos!
Su voz se perdió rápidamente en la noche. Creyó que todo estaba perdido y que volvería a la cabaña del viejo duende sin haber conseguido nada. Sin embargo, se escuchó de pronto un leve crujido, como de leños secos. Maeror se dio la vuelta y observó sorprendida cómo se abrían los párpados de madera de aquellos seres, dejando entrever unos ojos brillantes y vivos en cada uno de ellos. Sus cuerpos de tronco seguían crujiendo en tanto que movían sus cerradas bocas para sonreír o intentaban estirar brazos y piernas. Fueron los sinceros deseos y la esperanza de Maeror lo que había conseguido despertarles
Y poco a poco, la corteza se fue desvaneciendo dando lugar a la pálida y tersa piel de aquéllos, y las hojas se convertían en sus cabellos abandonando el color verde para volverse dorados en la cabeza de Kadia, algo más oscuros en la de Léndof y negros como la noche los de Carón. Pero lo más curioso de todo era que seguían siendo jóvenes, tan jóvenes como en el momento en que la Gran Madre decidió protegerlos dándoles forma de árboles.
Cuando los juglares ya habían recuperado su aspecto original, se desperezaron una y otra vez, desentumeciendo sus brazos y sus piernas. Se miraban desconcertados sin saber qué había pasado todo aquel tiempo. Pero entonces, Léndof recordó vagamente las palabras de Maeror.
- Discúlpame, hada. Mi nombre es Léndof, el violinista. Pero quisiera saber si lo he soñado o es verdad, ¿le ocurre algo malo a nuestro amigo Ficus?
- Yo soy Kadia, la cantarina, y también tengo esa sensación – añadió la juglaresa.
- Pero ¿cómo? – se extrañaba Carón –. Si nos ha invitado a celebrar la llegada del Invierno Gélido en su nueva casa, que ahora está en el interior del bosque. Sólo que… ¿No nos habíamos perdido?
Maeror los miraba boquiabierta, sin saber qué decirles: efectivamente, para ellos no había pasado el tiempo. Seguían anclados en el momento en que, al parecer, se perdieron en el bosque, casi trescientas eras atrás. Ése era el motivo por el que nunca llegaron a la fiesta de Ficus.
- Bueno, venid conmigo – resolvió el hada finalmente –, yo os acompañaré a la casa de Ficus, y por el camino os explicaré todo lo que ha pasado.
Y siendo así, los tres juglares siguieron a Maeror por el majestuoso bosque de Árguembhork, en el que no era extraño que más de uno y más de dos se adentraran sin desorientarse. Entonces el hada pensó en cuántos árboles más no habría como aquéllos. Y empezó a mirar con ojo analítico todos los troncos con los que se cruzaba, buscando en ellos rostros de madera.
Debían darse prisa para que Ficus al fin,  después de una larga existencia, pudiese sosegar la angustia de creer que sus mejores amigos le habían abandonado.

*       *       *
Amanecía el séptimo día desde la marcha de Maeror, pero ésta todavía no había regresado. Lila  se ponía nerviosa, ¿pues qué iban a hacer al final?
Comenzó a nevar abundantemente en el bosque, y por eso la joven hada entró pronto en la humilde cabaña de Ficus para encender el fuego.
- ¡Qué frío! – se quejaba el anciano una y otra vez – ¡Cada día hace más frío! Lila, niña, tráeme otra manta, por favor.
Y Lila llegó con una sonrisa para arroparle. También le preparó un té muy caliente, y le trajo dulce de calabaza, para que desayunase algo. Aunque el viejo cada vez tenía menos apetito.
- ¿Dónde está tu hermana Maeror? Hace días que ya no viene por aquí… Y no me extraña: ya nadie quiere estar con este viejo achacoso…
- ¡No digas eso, abuelo Ficus! – protestó Lila muy enérgica –. Maeror se fue al bosque a recoger frutas y guirnaldas de acebo para tu fiesta. Pero volverá esta noche, e invitaremos a todas las hadas y a todos los duendes de la región.
- No os preocupéis por mí, niña. No hace falta que vengan todos, además: siempre faltarán los más importantes…
Y diciendo esto, el anciano se quedó adormilado. Lila le dio un beso en una de las mejillas que antaño siempre estaban rojas como dos manzanas maduras, pero que ahora estaban descoloridas. Veía a su abuelo dormir y le despertaba tal sensación de ternura y compasión que decidió finalmente ponerse manos a la obra ella también: no podía esperar a Maeror más tiempo, pues la ilusión de Ficus estaba en juego.
Lila salió de la casa. Allí fuera, a pesar del frío y la nieve, las hadas trabajaban sin descanso decorando los árboles con guirnaldas y cintas de colores para la fiesta. Y los duendes en sus casas horneaban pan y pasteles de zanahoria para tomar esa noche. Se respiraba un agradable aire de júbilo y alegría por la nueva era que entraba. Pero Lila no pretendía ayudar a las hadas engalanando el lugar ni a los duendes cocinando: caminó rápido, huyendo de las miradas de todos, y cuando creyó que se había alejado lo suficiente, entonces se detuvo en un pequeño claro del bosque. 
“¡Nada de hechizos!”, retumbaba en su cabeza la voz de la siempre responsable Maeror. Pero no hizo caso: era aquélla una situación extrema, y sólo en situaciones extremas usaba su magia. Así que buscó un lindo acebo, colmado de bayas rojas, y pronunció:
- ¡Oh, acebo! Por el poder que me concede este bosque, te pido que esta noche te conviertas en Kadia, la cantarina.
Y acto seguido, una esfera de luz azul envolvió al acebo, y cuando se disipó, el arbusto había tomado la imagen y forma de la juglaresa Kadia.
Luego Lila encontró dos frondosos abetos azules, medianos, no demasiado grandes, y de la misma manera en que lo había hecho antes, los convirtió en Léndof, el violinista, y en Carón, el flautista, y después ordenó a los tres que la siguieran.
Y siendo así, con aquella curiosa comitiva se dirigió a la cabaña de Ficus.
Allí la fiesta ya había empezado. En el salón ardía contento el fuego de la chimenea, y Ficus, en su sillón, miraba dichoso a todos sus invitados, y sonreía alegremente. Una larga mesa estaba colmada de candelabros y alimentos, y allí hadas y duendes charlaban y reían sin dejar sólo ni un momento al venerable abuelo Ficus que tanto había luchado por ellos y por su bosque.
En ese momento, Lila entró en la casa acompañada por los tres falsos juglares que la habían seguido todo el camino sin protestar, sin mediar palabra siquiera. Aprovechando que Ficus hablaba con otros amigos, con aire de juego se le acercó por detrás para taparle los ojos.
- ¡Sorpresa, abuelo Ficus! – exclamó –. ¿A que no sabes quién ha venido a verte?
Entonces, toda la sala quedó en silencio. Todo el mundo allí conocía la historia de Ficus y los tres juglares, y esperaban con gran emoción el momento del reencuentro. El viejo, por su parte, nada decía, sólo sonreía cada vez con más ilusión, y su corazón palpitaba velozmente. Pero justo en ese momento fue cuando a Lila comenzaron a asaltarle las dudas: en realidad estaba engañando al pobre anciano. Y además, la voz sabia de Maeror volvió a rondar por su cabeza: “Los árboles conjurados no dirán ni una palabra aunque los conviertas en humanos, ellos no pueden hablar como nosotros. Al fin y al cabo, seguirán comportándose como árboles, y volverán a su forma original cuando llegue la media noche.”
¡Pobre Ficus! ¡Descubriría el engaño! Y todo por su torpeza. Si lo hubiera pensado antes… Pero ya era tarde: no podía sacar a los árboles-juglares de allí sin que Ficus se diese cuenta. Ése era el tipo de cosas que sólo podía solucionar… ¡Maeror! ¡Estaba allí por fin! Y el hada también llegaba acompañada por los tres juglares, por los auténticos, claro está; pero aunque los que había allí no comprendían muy bien lo que ocurría, siguieron callados, guardando silencio, hasta que las hadas pudieron resolver el enredo. Y siendo así, mientras Lila seguía tapando los ojos al anciano y jugando con él a las adivinanzas, Maeror sacó de allí a los tres falsos juglares y los dejó en el exterior de la cabaña. Entonces, Lila retiró sus manos de los ojos del abuelo.
- ¡Léndof! – exclamaba de emoción Ficus – ¡Y también Kadia, y Carón! ¡Por fin estamos todos juntos!
- ¡Ficus! – exclamó Léndof – No lo creerás, pero hemos estado perdidos desde la primera vez que intentamos venir a visitarte.
- Pensé que ya no vendríais a verme… – se lamentó el anciano.
- ¿Por qué dices eso? – protestó Kadia – Ahora nos quedaremos aquí, contigo, en el bosque para siempre.
- Sí, Ficus – asentía Carón –, pues los amigos de verdad son aquéllos cuya amistad el tiempo no puede borrar.
- Si es así – se alegró Ficus abrazándolos con fuerza –, cuánto me alegro.
El júbilo y la alegría volvieron a invadir el lugar, y en tanto que Ficus y los juglares se explicaban muchas cosas(pues a ellos les extrañaba encontrarlo ya tan viejo y a él encontrarlos aún vivos), el espíritu del anciano se llenó de tanta felicidad que su aspecto se volvió joven, joven como sus amigos. Sus mejillas se volvieron a sonrosar y sus ojos azul cielo brillaron como antaño. No sentía frío alguno, y bailó y cantó y rió como nunca ante el asombro y el cariño de todos cuantos allí había.
Así pues, llegó la media noche, y todos brindaron por el Invierno Gélido y la nueva era que llegaba. Y entonces la música cesó, y todos callaron porque Ficus quería decir algo.
- Acabo de cumplir trescientas eras: buena edad para un duende. Creo que ya es hora de que me vaya a dormir.
Todos los presentes tenían lágrimas en los ojos y un nudo en la garganta, pues el anciano no se iría a descansar a su cama como todas las noches, sino que se marchaba ya de aquél, el mundo de los vivos, y por eso quería despedirse de todos. Siendo así, dio y recibió un sin fin de abrazos y palabras de aprecio y respeto, pues allí todos le amaban. Estrechó fuertemente a sus amigos los juglares con sus brazos, y les pidió que nunca dejasen la música. Luego fue la pequeña Lila, a la que besó en las mejillas y además aconsejó que llevase cuidado con la magia. Y por último, Maeror: el hada guerrera que seguía sus pasos, el hada valiente que siempre conseguía cuanto se proponía, y la que tanto había cuidado de él.
- A ti te convierto en mi sucesora – dijo solemnemente el rejuvenecido Ficus –, y escuchadlo todos bien: Maeror, dejo en tu mano el cuidado de este bosque, de sus habitantes y de todas sus criaturas. Desde hoy, serás la mayor guardiana de los bosques de Árguembhork.
Y terminando de decir esto, besó a Maeror en la frente. Fue entonces cuando su cuerpo comenzó a desprender luz en torno suyo, y lentamente se fue recubriendo por un aura brillante y blanca mientras sonreía  a todos y se despedía con la mano.
- Adiós, adiós amigos míos – dijo por último.
El aura blanca se fue tornando cada vez más opaca hasta que su cuerpo desapareció en la luz, y siendo así quedó únicamente una luminosa llama blanca que olía a moras y a la corteza de los pinos, a tierra mojada y a violetas, a hojas secas y a las aguas del río, y en fin, a la pura esencia del bosque del que el alma de Ficus ya formaba parte. Entonces, la llama blanca se marchó por la ventana, hacia el corazón de la fronda, perdiéndose en la oscuridad.
En el salón todos se quedaron callados, tristes, mirándose los unos a los otros. Pero luego Maeror les recordó que ahora debían alegrarse, pues Ficus seguía estando con ellos en Árguembhork, en cada árbol y cada roca, en cada criatura y en cada uno de ellos, sólo que su alma entonces ya era libre.
Por eso siguió la música, y el banquete, y la risa y los bailes. Y todos allí se divirtieron y fueron muy dichosos mientras que dos frondosos abetos azules y un acebo lleno de bayas rojas esperaban fuera de la cabaña, bajo la nieve. Y aunque Maeror riñó a su hermana por haber utilizado la magia de malas maneras, todos los demás creyeron con gran ilusión que dichos árboles habían crecido allí esa misma noche por una bendición de la Madre Tierra, así que los convirtieron en los árboles simbólicos de Yule, la fiesta del Solsticio. Y ante eso, ni Lila ni Maeror contaron la verdad.
Cuentos del Solsticio de Invierno, Minerva Gallofré
(Este texto está protegido. Recuerda que puedes usarlos y distribuirlo libremente siempre que cites la autoría del mismo).

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Un poquito más agroecológicos: grupos de consumo




Por fin, ayer martes, después de tres meses de ideas, gestiones, información, consultas, paciencia y mucha ilusión, nuestro recién formado grupo de consumo agroecológico recibió su primer pedido. ¡Bravo! Pues sí, resulta que entre varias familias de la zona hemos conseguido crear un grupo de consumo en nuestro pueblo.
 ¿Pero en qué consiste esto?(Os preguntaréis algunos de vosotros). Un grupo de consumo es una organización de ciudadanos que deciden comprar los productos agrícolas directamente a los productores, evitando intermediarios que encarecen el producto. La mayoría de grupos de consumo compran producto ecológico, algo bastante inasequible si se adquiere en tiendas, pero que adopta un precio mucho más normal cuando se compra directamente al agricultor, precios muchas veces iguales a los que se encuentran en fruterías. De esta manera, podemos empezar a disociar las ideas "producto ecológico" y "artículo de lujo", que por desgracia en los últimos años se han adherido la una a la otra ya por defecto.
Recientemente se han multiplicado en nuestro país los grupos de consumo agroecológico, sobre todo en Catalunya, donde no sólo se compra fruta y verdura(que es como se suele empezar), sino que algunos grupos allí incluso adquieren ropa, juguetes, cosmética... Todo de origen eco directamente desde el productor, por lo que muchas personas ya han abandonado completamente el súpermercado.
En Madrid también existen bastantes, algunos de ellos por lo que sé muy extensos(de unas 40 familias) y últimamente parece ser que también hay movimientos muy activos en la parte de Alicante y Valencia.
Nosotros, que apenas llevamos tres meses de existencia y que tan sólo acabamos de hacer nuestro primer pedido, hemos descubierto que por nuestra zona, la sierra madrileña, van apareciendo poco a poco más de estas organizaciones. Nuestros objetivos, a parte de comer un poco mejor, son varios y de diferente índole, por ejemplo:
- promover la agricultura autóctona, la economía local, el pequeño productor-agricultor-artesano
- ser consecuentes con nuestra forma de vivir para hacer un poco menos de daño al planeta
- respetar los ciclos de la naturaleza mediante el consumo de productos de temporada
- respetar nuestro cuerpo evitando exponerlo aún más a la agresión de fertilizantes químicos y transgénicos
- tener una dimensión social que acerque a las personas que viven en los mismos municipios mediante una cooperación en el reparto de los productos, convivencia mediante quedadas y facilitar que unos aprendamos de otros las cosas que se nos han perdido con la era moderna, haciendo talleres de pan, conservas, jabón...
Esto es más o menos lo que buscamos, el pequeño sueño que perseguimos algunas familias que sobre todo queremos un futuro mejor para nuestros hijos.
Formar un grupo de consumo es algo laborioso, no voy a mentir, y se hace mejor entre varias personas. Pero no necesariamente es difícil. Os animo a buscar el grupo de consumo que os quede más cerca de casa o bien a formar uno propio. Nosotros hemos recibido muchísima ayuda e información desde otros grupos e incluso desde proveedores. Si os lo proponéis, podéis conseguirlo. ¿Quién me iba a decir a mí que iba a estar metida en este fregado? Pues lo cierto es que en un abrir y cerrar de ojos me he visto involucrada en un proyecto que me ayuda a seguir con esta lucha antiglobalización.
Os dejó aquí un link a un blog que no tiene desperdicio sobre grupos de consumo, donde encontraréis muchísima información relacionada y mucha ayuda si al final decidís emprender la creación de vuestro propio grupo. Y desde mi humildísima experiencia, si queréis contactarme, también os puedo dar alguna pauta, al menos según lo estamos haciendo nosotros.
Ayer vi por primera vez hortalizas y frutas que, aunque llevo años comprando en fruterías y supermercados, tenían un aspecto para mí desconocido. Son desiguales, algunas incluso son feas, están manchadas de tierra, y huelen(alucino) a las tardes de verano en la pedriza junto al río Manzanares. Y saben a cosas que nunca hemos comido, a sabores que no conocíamos. Ojalá mi hija Gaia pueda disfrutar de la huerta ecológica desde ahora y por mucho tiempo, ya que a mi marido y a mí nos pilló de lleno la era de los vegetales sin sabor ni olor. Por otro lado, toca desaprender, ya que los platos de comida ahora tendrán que adaptarse a lo que da la tierra. Es más: nosotros mismos tendremos que saber qué da la tierra en cada mes del calendario. ¿Acaso alguno de vosotros lo sabe? Y para celebrar este pequeño logro, hoy hemos cenado un plato de escalivada con berenjenas, pimientos y cebollas ecológicas que, mientras se horneaban, olían como debe de oler el paraíso.

martes, 6 de noviembre de 2012

Volver a empezar




Y dos lunes después de despedir a nuestra queridísima Nico, os escribo para varias cosas. Primero, para agradecer todos vuestros comentarios de consuelo, cariño y calor que durante estos días han valido un mundo. Gracias a todas y a todos por haber estado ahí.
En segundo lugar, os felicito el año nuevo. Sí, sí, año nuevo en el calendario wiccano, el de las brujas, vaya, que se celebró en la noche del pasado miércoles. Espero que lo hayáis empezado con fuerza.
Y hablando de años nuevos, de nuestros difuntos, y de que unos van y otros vienen, significativamente el miércoles pasado llegó a nuestra vida y a nuestra casa el pequeño Crash, un gatito prácticamente ciego, afectado por una infección de hongos al igual que todos sus hermanos cuando eran más pequeños. De todos ellos, Crash ha quedado más afectado que ninguno, pero ello no le hace menos adorable, ni menos hermoso, ni menos gato.
Gracias a Adela y a Marina, dos chicas admirables que acogen en su casa a camadas de gatos callejeros sin más medios ni subvenciones que ellas mismas y la ayuda incondicional de Alicia, Crash tiene hoy un hogar. Mucha gente cree que es admirable haber aceptado a un animal con este problema físico, con esta tara casi de fábrica. Yo sencillamente pienso que era lo más lógico que podíamos hacer: acogerle sin más, sin pensar que sus hermanos eran más hábiles o estaban más sanos.
Crash es uno de los gatos más buenos y tranquilos que he conocido en mi vida. Es un tigre gris precioso con un pelaje suavísimo, y no deja de ronronear.
Duna y Crash se han hecho amigos en menos de una semana, para lo cual hemos seguido unas pautas que nos han resultado bien útiles y que os adjunto aquí, por si os encontráis alguna vez en esta situación.
Sé que habrá gente que piense que tras la marcha de Nico esto es precipitado, que si a rey muerto, rey puesto, y ese tipo de cosas. Las personas que me conocen saben que Nico fue, es y siempre será única, con sus costumbres, su carácter, su olor, sus colores... Y que nadie ni nada podrá jamás sustituirla en mi vida. Que cada noche seguiré encendiéndole una velita para que sepa que no dejo de quererla, de echarla de menos y de acordarme de ella. Pero el corazón humano tiene la capacidad de engrandecerse de forma directamente proporcional a la cantidad de seres a los que ama, y no al contrario, como piensan muchos que por ello no se atreven a amarse más que a sí mismos, por si se les agota el amor. Nico siempre estará en mi vida, pero Crash merece la oportunidad de ser un gato feliz y amado.
Así que ahí vamos, sin olvidar las enseñanzas de Nico: que el tiempo mejor invertido es el que se ha dedicado a estar con alguien a quien amas, aunque sea simplemente observándole a su lado. Ahora le toca a Crash. Y ahora me toca a mí, me toca volver a empezar.

martes, 23 de octubre de 2012

Nico, nunca te olvidaré

Nico, 22 - 6 - 1999  a 22 - 10 - 2012


Hubo una vez una gatita callejera de apenas un mes que permanecía junto al cadáver de su madre bajo un coche. Esa gatita llegó a mí no sé ni cómo, y se llamó Nico. Y durante trece años y cuatro meses ha permanecido a mi lado, siendo gata, hija, hermana y amiga, hasta que ayer a las 22.00 aproximadamente  murió en mis brazos para seguir el curso natural de las cosas y entrar a formar parte del cielo de los gatos.
Hoy no paro de mirar todos sus rinconcitos, todas su cosas, porque parece mentira que haya llegado el momento. Arrastrando una insuficiencia renal grave y otros problemillas, junto a la vejez, desde hace una semana Nico se ha dejado morir, se ha despedido de todos nosotros y ahora al fin descansa en un lugar donde creo que no existe el dolor. Mi hija estaba empezando a aprender a llamarla, la abrazaba y le daba sonoros besos, y Nico la soportaba con toda su paciencia. Jamás un gesto de desprecio, ni un arañazo. Sólo lealtad y amor.



Sólo siento que me hubiera encantado decirle muchísimas más veces lo mucho que la amaba. Sé que por Nico he llorado(estoy llorando) lo que no lloraré por muchas personas. Tal vez la mejor enseñanza que nos ha dejado es que el tiempo vuela, y por eso has de amar a los que tienes cerca todo cuanto puedas antes de que se marchen. 
Qué ironía, perder a mi gata a tan sólo unos días de la noche de Sammhain.  El otoño la ha apagado   como una velita. Tenía que ser así. A veces los animales no humanos saben recibir la muerte mucho mejor que nosotros.
Te echaré de menos siempre, y jamás te olvidaré. Fuiste mi primera gata, gata y compañera de mi alma. Cuídate, y ven a vernos cuando quieras, y que la Gran Madre te acoja para siempre en su seno. Ahora ya no sufres más.

lunes, 8 de octubre de 2012

La Bruja Vegana cumple un año con 10.000 visitas



Pues sí, un año ya, y más de 10.000 visitas, que se dice pronto. La creación de la Bruja Vegana, sin quererlo ni pretenderlo, ha supuesto en mi vida un antes y un después, ha marcado el inicio de una nueva forma de vivir y me ha permitido contároslo semana tras semana.
La Bruja Vegana se andaba gestando en mi mente un tiempo atrás, pero hasta que nació mi hija nunca vi tan claro y tan oportuno empezar a darle el giro a nuestra vida. Una vez más, gracias Gaia, hija mía, hija de mis entrañas, porque tú eres quien me convierte cada día en una persona mejor. Una persona que lleva algún tiempo, pero sobre todo este último año, intentado cambiar para vivir de una forma más consciente y consecuente.
Se cumple un año lleno de sabiduría. No de mi sabiduría, sino de la que me han aportado otras personas, como Lucía, que siempre altruistamente nos ha acompañado durante todo el proceso de introducción de alimentos de mi hija, vegana y sana como sus padres. Personas como Regina, que me abrió los ojos a la crianza respetuosa y salvó mi lactancia hace ya casi quince meses. Personas como Eva, que me ha enseñado tanto sobre pañal de tela, porteo, crianza, los ciclos de la mujer, y a quien he tenido la suerte de conocer en persona, al igual que a Inés, a quien nunca dejo de admirar por su cada vez más alternativa forma de vida, todo un desafío al sistema. Existen otras personas que se me quedan en lo virtual pero que han sido importantísimos peldaños para mí en mi proceso de aprendizaje, personas como Jùlia, Claudia o Blanca, con quienes he compartido mis experiencias como madre primeriza y además vegana(para añadirle más dificultad) a través del Foro Vegetariano y el hilo sobre maternidad que comenzó con nuestra “salida del armario”, en el que casi cada día nos hemos saludado, contado nuestras cosas buenas y malas, en el que nos hemos pedido ayuda y nos hemos arropado, y al que posteriormente se han ido sumando otras mamás vegetarianas también maravillosas que perdonarán si no las nombro a todas porque creo que es mejor no arriesgarme a dejar alguna fuera de la lista de tantas ya como son. Es increíble cómo por medio de un ordenador puedes llegar a sentir tanto calor humano. ¡Gracias a todas, mamis!
También he aprendido mucho de gente de mi entorno habitual, de viejos amigos como Manu, que tanto me ha enseñado lo importante que es cuidar nuestra tierra a través de la agroecología, un campo(y nunca mejor dicho) que me era indiferente y que ahora me parece esencial. He aprendido de Alicia, tal vez la mejor veterinaria del mundo, a entender el lenguaje de mis gatas y a amarlas más.


He aprendido de la Madre Tierra cada día algo nuevo, como que las cosas funcionan por ciclos y que de nada sirve alterar su ritmo, y como que la energía más potente que existe para mover el mundo(más potente que el petróleo, incluso) es en realidad el amor. Aunque a veces no queramos aceptarlo. He aprendido que cuando tú das algo, se te devuelve por varias veces incrementado.
He aprendido a vivir más despacio y mejor. Y por eso seguimos haciendo el pan en casa, y ahora también bollería y pastas. Cocinamos para que la comida sea nuestra medicina, sin renunciar a los buenos sabores. Y las plantas y frutas, regalos de la Gran Madre, siguen siendo nuestras primeras aliadas cuando nos sentimos enfermos.


Estamos reduciendo al máximo el consumo de productos manufacturados, elaborados, y por tanto, el uso de envases. Volvemos a las bolsas de tela, a las paneras de madera, a los tarros de cristal. Y los que todavía usamos se reciclan convirtiéndose en los juguetes preferidos de mi hija.


Hemos cerrado la puerta a los cosméticos con petroquímicos y demás sustancias artificiales, por lo que aceites esenciales y jabones de aceite reciclado se están haciendo un hueco en el armarito de nuestro cuarto de baño. Bueno, conste que aún tengo que afinar un poco con los champús. Y acepto sugerencias, ¿eh?.


Nos hemos entregado de pleno a la creación de un grupo de consumo agroecológico en el pueblo donde vivimos, buscando una alternativa a las grandes explotaciones que no respetan el medio ambiente, a las grandes superficies, intentando fomentar la pequeña agricultura, la de toda la vida, intentando acercar a las personas dando a nuestro proyecto una dimensión también social. Proyecto que sin Lydia y Jesús no estaría siendo posible.
Seguimos encantados utilizando pañales de tela con la peque, servilletas, trapos y pañuelos moqueros también de tela, evitando a toda costa lo desechable a menos que lo creamos realmente indispensable. Igualmente, me hice con compresas de tela y una copa menstrual para mi propia higiene. Hay mucha gente que piensa que esto significa volver atrás, pero como dicen en una de mis películas preferidas, Dentro del Laberinto(con David Bowie), la clave de todo consiste en que “A veces, para avanzar hay que retroceder”. Y es exactamente lo que se está viviendo en el mundo civilizado, pues deberíamos corregir los errores que desde hace apenas 200 años de historia han reventado la salud del planeta para seguir en la evolución con las cosas de antes, las que no eran nocivas, las que eran sostenibles.
Me he dado cuenta de que cuanto menos material tienes en tu vida diaria, mejor aprendes a llenar los huecos con lo espiritual. ¡Era verdad! Lo había leído tantas veces… Lo decía Buda, lo decía Jesús… Y va a resultar que tenían razón. Muchas veces poseemos tantas cosas que pierden todo su valor, y por ello cada vez necesitamos más para poder sentirnos bien. Las cosas materiales en exceso actúan realmente como las drogas. Las cosas espirituales no se acaban nunca, y son el verdadero bálsamo del alma. Sí, así lo he aprendido durante este último año en que hemos tirado con un sueldo menos.
Ando detrás de dar el portazo definitivo en las narices a las multinacionales de textil, a que mi ropa hecha por esclavos valga cuatro duros que se llevan los peces gordos. Por eso, y aunque todavía estoy muy pero que muy verde, me he animado a coser yo misma, reciclando ropa que ya teníamos, o si me resulta imposible, comprarla al pequeño comercio: últimamente me he dado cuenta de que en mi pueblecito existen tiendas de ropa, y no tienen desperdicio.


Seguimos abandonando los hipermercados que en otros momentos fueron incluso el entorno de nuestros paseos. Cada vez les necesitamos menos sin que la compra semanal aumente un solo euro.
Hemos aprendido que vivir de forma consecuente no es sinónimo de comprar más caro ni necesitar más dinero, mal que me pese que los productos ecológicos en muchos lugares son tratados como productos gourmet. Seguimos firmes en nuestro veganismo, y pasamos un año más(yo hago ya cinco) en solidaridad con todos aquellos seres que aunque no nacieron humanos merecen vivir tanto como yo lo merezco.


Es todo un reto que no podría materializarse si no tuviera una familia increíble que es feliz y me apoya en todo. Mi gasolina es el ronroneo de mis gatas, ver a mi hija despertar junto a mí cada mañana, y sentir que Dani, mi marido, me apoya, me ama y me respeta en cada una de mis decisiones. Saber que está a mi lado luchando como yo, asumiendo esta gran responsabilidad que en realidad debería ser la de todos: cambiar.
Quería escribir este post para celebrar el primer aniversario de la Bruja Vegana, que al fin y al cabo soy yo misma. Quería contaros todo lo que he logrado, cuántas cosas he corregido, desde la más sincera humildad con la que yo misma soy capaz de reconocer cuán aberrante ha podido ser durante años mi manera de vivir, cuando era una persona consumista  e inconsciente que en realidad sólo pensaba en sí misma y encima encontraba justificadísimos argumentos para hacerlo. Este post no es una manera de presumir por todo lo que he cambiado hacia un camino que considero más correcto. En realidad es un post para agradecer, porque detrás de cada cambio ha habido, más o menos directamente, alguien que me ha inspirado a hacerlo. Gracias a todos los que me habéis enseñado cosas, buenas y malas. 10.000 visitas, y 10.000 gracias por ayudarme a cumplir cada vez más el propósito de mi primera publicación aquí: pasar por la vida haciendo el menor posible de los daños. Todavía me queda tanto que hacer, cambiar, mejorar… Como familiarizar mi despensa con el comercio justo, o apostar por el producto autóctono, vamos, por lo que da la tierra. Menos mal que os tengo alrededor para seguir aprendiendo.
Y para terminar, os escribo aquí  la oración a la Gran Madre que mi hija y yo hacemos juntas cada mañana, asomándonos por la ventana. Porque ahora sí soy consciente de todo lo que la vida me regala cada día:

Buenos días, Sol;
Buenos días, Cielo;
Buenos días, bosques y montañas;
Buenos días, ríos y mares;
Buenos días a todos los animales;
Buenos días Gran Madre, y gracias por un nuevo día.

martes, 25 de septiembre de 2012

Cursillo intensivo de platos de cuchara

Bueno, los que me conocéis ya sabéis que no es que me gusten los platos de cuchara, ¡es que los amo! Tanto es así que incluso en verano, a cuarenta grados a la sombra, soy capaz de comerme unas lentejas, o una sopa primavera, y el pasado mes de julio mi cocina registró varios cocidos. Todo vegano, claro.
Pues precisamente en esas fechas que os digo, mis amigos Manu y Antonio me hicieron una visita para tomar unas nociones sobre la elaboración de esta clase de platos. Por eso les dedico este post.

Manu y Antonio en mi clase improvisada de cocina vegana

Realmente debo admitir que la tarde que estuve con ellos me supo a nada: tres horas cocinando no cunden mucho cuando quieres enseñar tanto, menos aún si no te encuentras en tu casa, con tu cocina, tu horno, tus cacharros y tus ingredientes habituales. Un poco para subsanar aquella tarde no tan productiva como yo hubiese querido, he decidido escribir aquí, aprovechando que llega el fresquito y que tal vez haya entre mis lectores más cocinillas con esta inquietud.
Bien. Los platos de cuchara tienen muchísimas variantes dependiendo sobre todo de la geografía. De hecho sólo en Alicante, mi tierra natal, existen cientos de versiones del mismo plato típico, la olleta: en unos sitios es con bacalao, en otros más del interior con embutido, a veces completamente vegetal... Por esa razón, os voy a escribir mis recetas propias, que han bebido sobre todo de mi tradición familiar pero han sufrido modificaciones por mi opción vegana. El resultado: platos de cuchara para requetechuparse los dedos 100% veganos. Ahora, eso sí: yo a lo Simone Ortega, siento que no voy a poder poneros de momento ni una sola foto, que soy muy perezosa para fotografiar mi comida.

"Los potajes requieren mucho tiempo"
Las maravillosas ollas rápidas

Las legumbres, el ingrediente principal de los potajes o platos de cuchara, pueden cocerse en cualquier olla. Aunque para una persona escasa de tiempo(lo más normal en esta sociedad) no creo que sea fácil esperar una hora y media a que se cuezan las lentejas o más de tres para unos garbanzos. Por encima de todo, creo que una dieta sana es importantísima, y por ese motivo quiero demostrar que gracias a la "tecnología", llamémoslo así, comer bien puede ser compatible con un ritmo de vida acelerado.¡No más excusas!
Mi vida culinaria cambió mucho gracias a la compra de una olla rápida. También he cocinado con la express de mi madre, que aunque tarda un poquito más va muy bien. 

¿Y qué diferencia hay entre olla rápida y olla express?

Ambas ollas deben ser cerradas a presión durante el proceso de cocción, y ambas incorporan una válvula de escape para que el vapor vaya saliendo de forma compensada. La cocción a presión es lo que acelera el proceso. La olla express normalmente se cierra enroscando la manilla de la tapa y tiene una de esas válvulas cilíndricas de quita y pon que va girando sobre sí misma, marcando un ritmillo muy gracioso. La olla rápida suele llevar un mango en la tapa en el cual ya se encuentra la válvula incorporada, a veces una rueda para seleccionar opciones y, en las más modernas, un temporizador electrónico para programar la cocción, de modo que cuando lleguemos a casa los garbanzos se encuentren recién cocidos. Toda una modernidad, vamos. Pero con una olla express tenéis más que suficiente, lo digo por los bolsillos apurados.
Hay ollas rápidas que cuecen garbanzos en 10 ó 20 minutos, mientras que la express tarda al menos 30, que tampoco es mucho comparado con las tres horas y media que tardaría un puchero tradicional. Las ollas express y rápidas se pueden encontrar desde unos 30 ó 40 euros en tiendas especializadas de electrodomésticos. Y tienen una larga vida útil.

¿Y si explota la olla?

Creo que este miedo lo hemos tenido todos las primeras veces que hemos cocinado con una olla de estas características. Pues bien, si la olla no está averiada y seguimos correctamente las instrucciones del fabricante esto no tiene por qué suceder. Si fueran tan peligrosas, no habría tanta gente que cocina con ellas. Es muy importante comprobar que la válvula no tiene bloqueos y que la olla no está demasiado llena(en las instrucciones de cada olla se indica hasta cuánto pueden llenarse). Por si acaso, si crees que a tu olla llena de potaje hirviendo le está pasando algo raro, acércate con cuidado, apaga el fuego y espera a que se enfríe. Listo. Tal vez la comida no esté terminada, pero tú... ¡habrás salvado la vida, amigo!

"Hacer potajes es difícil"

Pues no. Realmente, y teniendo una niña pequeña en casa que se desplaza con el culo a la velocidad de la luz para meter los dedos en los enchufes y dos gatas que la acompañan en sus investigaciones, me he dado cuenta de que me resulta mucho más práctico hacer un potaje que unos rebozados o unos fritos.
Se trata de poner legumbres y verduras con agua en una olla. Ya está. Si además haces bastante cantidad, es probable que al día siguiente no tengas ni que cocinar, ya que los platos de cuchara se conservan estupendamente de un día para otro en el frigorífico, incluso tres días. Yo pienso que hasta están más sabrosos al día siguiente.

"Llevan muchos ingredientes"

Algunos sí, otros menos. Depende de nuestros gustos. En mi opinión, los platos de cuchara deben llevar una variedad de ingredientes suficiente, pero sin pasarse, pues muchas hortalizas no combinan bien con otras o con determinadas leguminosas. Pero incluso en los potajes más elaborados, los ingredientes a utilizar no son sino verduras y hortalizas de temporada y autóctonas, asequibles, fáciles de encontrar. Si nos ceñimos a la gastronomía popular, prescindiremos de ingredientes raros o exóticos: nabos, apio, patatas... Ingredientes que además suelen aguantar muy bien en el congelador durante algunas semanas. Yo lo que hago es, por ejemplo, comprar un repollo, partirlo en cuartos y congelarlos. Se puede hacer lo mismo con el apio partido a trocitos. O con los nabos pelados y en rodajas. Es cuestión de organizarse.

"Me sale más barato freírme unas croquetas congeladas"

Vale, sí. ¿Y tu salud? ¿Es igual de barata que esas croquetas? Que la industria alimentaria esté llegando a esos extremos de abaratamiento del producto es una cosa. Y que la epidema de obesidad, hipertensión, colesterol y mala salud cardíaca esté creciendo en nuestro país a marchas forzadas es un hecho demostrado, consecuencia de lo primero. Sí, esas croquetas deben ser muy baratas, pero ello no hace que el plato de cuchara sea caro. Por menos de un euro tienes un kilo de garbanzos que te da para unas diez raciones, por sesenta céntimos un kilo de zanahorias, por cuarenta uno de patatas... Vaya, que tu cuerpo también lo merece.

Algunas recetas

Bueno, pues una vez rebatidos estos argumentos tantas veces pronunciados y escuchados, me dispongo a haceros una lista con los platos de cuchara que yo suelo cocinar en casa. Sé que las recetas que vais a leer a continuación parecen más un telegrama, pero es que no tienen mayor complicación. En todos los casos consiste en poner los ingredientes que os indico a cocer juntos en una olla, así que casi nos olvidamos de escribir el procedimiento. Al final del apartado os hago una observación acerca de la cantidad de agua, así que atentos:
(todas las recetas están hechas para cuatro personas, o para dos a las que no les importe comer lo mismo al día siguiente, como es el caso de mi marido y mío)


Lentejas:
- 400 g de lentejas
- 2 cebollas pequeñas troceadas
- 3 patatas medianas partidas en dados sin piel
- 3 zanahorias medianas peladas partidas en rodajas
- un vaso de tomate triturado(si no es temporada de tomates, mejor usar el de conserva)
- un chorro de aceite de oliva 
- un chorro de vinagre
- una cucharadita de sal
- un puñado de orégano seco
- una pizca de tomillo
- una pizca de pimentón dulce
- tres hojas de laurel
- dos dientes de ajo enteros
- una pizca de clavo molido
- agua*

Cocido vegano:
-300 gramos de garbanzos
- 4 patatas medianas enteras peladas
- 4 zanahorias  peladas en rodajas
- 1 puerro grande partido en rodajas
- medio repollo cortado en juliana
- 2 ramas grandes de apio cortadas en rodajas
- 1 chorro de aceite
- 1 cucharadita de sal
- azafrán natural (cuidado con el colorante alimentario, que no lleva y no es muy aconsejable)
- una pizca de pimentón dulce
- medio vaso de tomate triturado(si no es temporada de tomates, mejor usar el de conserva)
- agua*

Espinacas con garbanzos
- 300 gramos de garbanzos
- 300 gramos de espinacas(os dará la sensación de que no caben, pero al cocerse se encogen muchísimo, añadidlas encima de todo lo demás antes de cerrar la olla)
- 300 gramos de calabaza pelada partida en dados
- 1 puerro grande partido en rodajas
- 1 chorro de aceite de oliva
- 1 cucharadita de sal
- especias: esta receta queda sensacional con especias árabes como el Ras El Hanout. Si no tenéis, probad con un poco de pimentón picante, comino, ajo, jengibre y cilantro.
- agua*

Olleta de la yaya Ana
(Bueno, mi abuela le ponía carne de cerdo, pero yo la he veganizado y he modificado un poquillo)
- 400 gramos de habichuela blanca
- 4 nabos grandes pelados partidos en dados
- 3 ramas de apio partidas en rodajas
- 1 trozo de calabaza pelado partido en dados, no muy grande, unos 200 gramos
- 200 gramos de acelgas cortadas en juliana
- tres medidas de arroz
- azafrán natural(cuidado con el colorante alimentario, que no lleva y no es muy aconsejable)
- un chorro de aceite de oliva
- 1 cucharadita de sal
- medio tomate muy maduro rallado
- agua*

Para esta receta os indico que el arroz debe incorporarse al terminar la cocción de todo lo demás. Cuando abramos la olla, añadiremos una pizca de agua fría(un vaso) para cortar la cocción y que las habichuelas no pierdan la cáscara. Después, añadimos el arroz y lo dejamos hervir con el resto de ingredientes hasta que esté en su punto. 
El arroz, no obstante, hace que este plato no se pueda guardar en plenas condiciones de textura(se queda muy pastoso), por lo que es mejor tomarlo en el momento o bien añadir arroz sólo en la cantidad que vayamos a consumir.
Para terminar: si se le añade un buen chorro de limón antes de empezar a comerlo, el sabor se pontencia muchísimo.

Habichuelas blancas
- 400 gramos de habichuelas blancas
- 300 gramos de calabaza pelada partida en dados
- 2 cebollas grandes troceadas
- 1 calabacín partido en dados muy pequeños
- 1 pimiento rojo partido en trocitos
- 2 dientes de ajo
- 1 chorro de aceite de oliva
- 1 vaso de tomate triturado(si no es temporada de tomates, mejor usar el de conserva)
- 2 cucharadas de pimentón
- 1 puñado de orégano
- 3 hojas de laurel
- 1 pizca de tomillo
- agua*


*El agua: dependerá de cada olla. Tenéis que aseguraros de hasta dónde podéis llenar vuestra olla. Siendo así, casi todas estas recetas suelen hacerse con unos tres litros de agua. Lo que debéis comprobar siempre es que haya al menos unos tres dedos de líquido por encima de las legumbres. Luego, ya preferencia de cada uno, lo podéis hacer más o menos caldoso. En el caso del cocido, podéis poner más agua para que os salga sopa. Después podéis separar esta sopa y comerla a parte con fideos en otra ocasión.



Solucionador de problemas

Las legumbres están duras

Casi todas las legumbres necesitan entre 10 y 12 horas de remojo previo antes de ser cocidas. En el caso de las lentejas no es necesario para que se cuezan bien, ya que son más pequeñitas. Sin embargo, por razones nutricionales es muy recomendable también remojarlas, ya que las leguminosas al estar en remojo se "activan", comienzan a germinar y esto libera sustancias muy beneficiosas, a la vez que facilita sobre todo en los veganos la asimilación de hierro de origen vegetal.(Bueno, esto que lo explique mejor Lucía, que ella es la que sabe, ji ji!)
Si aun después del remojo sigues teniendo este problema, comprueba de nuevo los tiempos de cocción(ayúdate con el manual de la olla). El tiempo se calcula en el momento en que la olla empieza a hacer ruido, por tanto cuando empieza a salir vapor. Yo lo que hago es poner el agua a hervir con la olla abierta mientras voy echando los ingredientes. Cuando veo indicios de que queda poco para la ebullición, entonces la tapo. Así controlo mejor los tiempos.
Hay quien pone una cucharadita rasa de bicarbonato en el agua de remojo de las legumbres. Si se hace esto, las legumbres se cuecen antes, así que ¡cuidado con el tiempo! Desde luego, hay que familiarizarse con cada olla, y eso suele ocurrir después de algún que otro fracaso. ¡Qué le vamos a hacer!
Otro motivo puede ser la calidad de las aguas del lugar donde vivas: el agua del grifo contiene más cal en ciudades cercanas al mar, donde las aguas son duras y por tanto la cocción es más larga, que en ciudades del interior, cuyas aguas son consideradas blandas y se cuece todo un poco mejor. Si lo prefieres, usa agua mineral. 
También puede que el problema sea la intensidad del fuego, sobre todo si usas vitrocerámica o inducción. Todo es ir probando, conociendo tu cocina y acostumbrándote a ella. Conste que llevo seis años cocinando con vitro y los guisos me salen bien, aunque reconozco que me gusta más la cocina hecha a fuego.

Se queda el potaje aguado

Un potaje no es una sopa de verduras. Cuando el potaje se queda aguado es que nos hemos pasado con el agua. Hay algunas hortalizas, como la patata, las zanahorias y la calabaza, que hacen el caldo un poquito más espeso. No obstante, si cuando abres la olla compruebas que te has pasado de agua, puedes corregirlo cortando primero la cocción con un vaso de agua fría para que las legumbres no se descascarillen, y después dejando que hierva a fuego lento en la olla abierta, hasta que se vaya consumiendo el exceso de caldo, removiendo bastante a menudo con una cuchara de madera por la parte del fondo. Si por el contrario has puesto poca agua y se te ha quedado seco... lo siento, esto no tiene solución. Contrólalo mejor para la próxima vez.

No tiene mucho sabor

Hay varios truquillos para darle sabor a los platos(y no, no se trata de echar un trozo de jamón o de tocino). El primero, y el más comúnmente utilizado, consiste en añadir una pastilla de caldo concentrado. Las hay también de caldo vegetal, pero a menudo ni siquiera son veganas. Además suelen contener potenciadores del sabor como el glutamato monosódico, E621, que a mí personalmente no me parece nada recomendable consumir. En los herbolarios venden pastillas de caldo concentrado sin glutamato ni potenciadores, pero sus precios son bastante elevados.
Podemos añadir un buen chorro de salsa de soja de calidad al caldo. Y digo de calidad porque las comerciales están bastante diluidas y suaves o por el contrario tiene altas concentraciones de sal. Las salsas de soja "buenas" suelen tener precios más asequibles en los herbolarios que en los supermercados convencionales.
Por otro lado, una adecuada combinación de especias es el secreto de todo gran plato. Y advierto que "adecuada" no significa "abundante". Una cosa no implica la otra, ¿eh? Recuerdo que mis primeros guisos sabían incluso amargos de tanta especia que llevaban. Yo, la Bruja Vegana, pues eso, me ponía en plan bruja derramando cantidades industriales de todos los hierbajos que tenía por casa sobre la olla. El resultado: platos que a veces no podían ni ser comidos. Es muy tentador empezar a echar cositas al puchero, pero con el tiempo iremos apreciando y diferenciando los sabores, y cada vez nos daremos mejor cuenta de que unos no combinan bien con otros, de que algunos(como el tomillo y el romero) en cantidades grandes amargan la comida, etcétera...
También venden tomate concentrado, que a veces reaviva muchos platos. Y si quieres puedes echar mano de un chorrito de brandy o vino blanco, pero pónselo al potaje, no te lo bebas tú mientras cocinas o no te garantizo que el resultado pueda comerse.
Otra opción es hacer una picada de almendra, sal, ajo y perejil crudos y añadirlo al guiso cuando ya esté terminado.
En realidad, lo que debéis hacer es ir probando. Hay veganos que ponen embutidos veganos a los cocidos y potajes para que su sabor sea más parecido a la versión original. Yo con el tiempo me he dado cuenta de que para mí no es necesario, ya que pongo especias parecidas a las que llevan tales embutidos. También es verdad que en casa de mis padres ni siquiera los cocidos llevan embutidos, debe ser que en la costa mediterránea son más suavitos. Así que tampoco los echo tanto de menos.



Y con esto termino el cursillo intensivo de platos de cuchara, deseando que os animéis a cocinar en casa, que estas recetas os gusten y que las modifiquéis como prefiráis. Y para cualquier duda, ya sabéis que podéis escribirme.
Ahora, a cuidarse.